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2011/12/18
Nota última
2011/06/25
La melancolía y el camino de la resequedad
2010/07/03
Crónica de la Locura Sincrónica
2007/09/01
Versículos perdidos
2007/08/06
La Moribunda Tarde de los Parias
Como parias sabemos qué es afuera, cuál es la salida y dónde está la puerta. Así mismo, somos quienes cerramos luego de pasar algún rato en los reversos simétricos de lo antedicho y de atravesar el umbral, y antes de que aquellos constantes envíos de palacio (pestes, flechas, edictos, maledicencias) caigan dentro de nuestros fardos ya de por sí pesados.
Lamentablemente, desde un punto de vista subjetivo y trascendente, no sabemos, no podemos, no sabemos si podemos revertir la transfiguración mística del cierre estruendoso del portón. Ayuda en esto el hecho de la ausencia de pomas en el exterior de la puerta y los cientos de fallebas que automáticamente aseguran el cierre definitivo de la misma. Debemos, pues, esperar que desde el adentro vengan a abrir, movidos por el olvido de nuestras existencias (que nuestra sombra insiste en repetir por los antros), la conmiseración tardía, la vergüenza prudentemente calculada o, con mucha más frecuencia, el incendiario e incesante rencor, rencor inexplicable además si se piensa que es más lo que hacen a nos que los que nos a ellos.
Puede que no sea destino, léase, un necesario histórico, estar en adentro, pero nada llama más a la conciencia colectiva del colectivo agraviado que una posibilidad que resulta, si es válido decirlo, imposible. Se le antoja a la Historia que hagamos lo posible, opción perjudicial para nuestro andar. Lo que nos piden es posible (tangible) pero indigno, así que hemos de abandonar lo posible (lo real) por la dignidad (o indignidad) de desear lo imposible (lo sublime): ser enteramente nos. Quizá por eso digan que huimos, pero la verdad es que escapamos, es decir, nos vamos para seguir siendo, aunque para nos es sólo andar.
Suele que andemos juntos, lo que no es una característica propia, y ni que digamos esencial, sino una tragedia que tememos no optar por resultar tan provechosa para la ridícula superstición del más inepto. De hecho, las más de las veces, nos congregan fuerzas claras y discretas que actúan también sobre la polvareda, las piaras y la viruela.
Nos conocemos desde lejos aunque nunca las historias de lo particular nos hayan juntado en el mundo de la experiencia sensual, sensorial; no por luces ocultas en las pupilas, no por colores de auras espectrales, no por signos místicos empotrados en carne o nimbos, no por loas ancestrales clavadas en la eternidad del viento, sino por otro atributo más empírico, pueril y verídico: la repetición exacta hasta el aburrimiento de los olmos de la renquera asimétrica y disfónica de la extremidad inferior siniestra.
Por esta causa, consecuencia y condición, cuyo origen ya es de todos conocida, y por tanto no me extenderé en su explicación, reconocemos entre los patéticos gemidos de la villa aquellos que vienen de uno de nos, y este reconocimiento fuerza atención similar a la que el trueno obliga en el can acobardado; dependiendo de cada cual en su juicio, salud y posición la disyuntiva actuar o escapar. La acción, o el rescate, es lo mismo entre nos, está limitado: las autopistas, los noticieros y los banquetes están reservados. De este modo, corresponde, según los principios heurísticos, la vía de a pie, que está compuesta por portezuelas, callejuelas, mujerzuelas, suelas, hojuelas y anzuelos, flotantes, estrechas, disipadas, gastadas, melancólicas e ineficaces, en ese mismo orden. O en otro.
Mayoritariamente vamos por desagües, ya en creciente, ya en menguante.
Recurrimos también a, recorremos también cunetas, drenajes, zanjas, canales, cloacas y (rara vez) gárgolas, si es que se topan en nuestro descenso no dirigido pero si sesgado a nuestro antojo. Es obvio que de este modo (escorrentía) no siempre llegamos a donde queremos (si ni siquiera podemos asegurar que llegue quien quiere llegar, no podemos asegurar que se llegue a algún lugar que resulte querido o amable) sino que en general rodamos hacia donde rueda grumosa y se acumula al fin la mierda (con la cual se nos suele confundir para que así nunca se revelen –¿rebelen?– los atributos inherentes de nos), pero a falta de dispositivos mejores, más lustrosos y mejor calibrados, los resultados se nos presentan asombrosos.
En medio de tanta incertidumbre sobre el movimiento de nos, hay dos asertos seguros. El uno es ya de renombrado reconocimiento, que festejamos cada pírrica no-derrota así como se celebraría el triunfo de Diógenes, con monumental asombro y lágrimas de esperanza.
El otro y quizás tautológico es que se llega tarde: nuestro tiempo es robado o bien de segunda mano, y en uno u otro caso ya viene gastado e incompleto: el ser paria es llegar tarde. Y tarde para nos es muy tarde, es decir, fatal.
En la última playa
Un hombre, el que todos seremos alguna vez, dormía profundamente. Tenía la frente apoyada en el antebrazo izquierdo como resguardándose del inminente mal, enfrentaba su espalda desnuda a la infinidad del espacio, sus piernas se extendían sin el menor movimiento sobre la suave pendiente de esa parte del mundo. Su mentón barbado estaba anclado en el suelo y bajo sus plantas se veían gránulos de arena discontinuamente adheridos a la ruda piel. A consecuencia de los pesados trabajos que realizó, era víctima de un sueño profundo. Respiraba hondo y despacio, parecía que de una aspiración quisiera abarcar el largo del mar. Su pecho se hinchaba lentamente y cuando ya casi iba a estallar, empezaba un parsimonioso silbido de desahogo respiratorio.
Sentía a la vez la caricia de unos delicados dedos y de una hermosa canción. La dama que le acariciaba el cabello movía sus manos con gracia indecible. Sus movimientos al borde de lo imperceptible se fundían con el tacto de su larga y negra cabellera sobre la piel cansada; unos y otros eran del mismo material de la canción, que hechizaba con sus oscilantes notas al marino en retiro. La dama apenas se distinguía entre las hierbas florecidas que la rodeaban. Sus manos delicadas se movían dejando una estela de luces dispersas. Similares destellos producían las gotas del manantial –ese que se presentía tras la imagen de la dama– al romperse contra las piedras redondas del cauce. La canción en voz de la mujer sonaba a solo de clarinete y evocaba los más cálidos sentimientos del amor.
A ella que todo lo sabía, una lágrima le cayó de los ojos verdes. ¡Llanto de los mares, Tristeza de esmeraldas! La perla líquida rodó por esa mejilla tan lozana y tan pura como el anhelo de los náufragos. La lágrima al fin tocó al marino. Él percibió que la tristeza invadía inevitablemente aquella perfecta escena, que su paz se estaba derrumbando y el fin estaba cerca. Quiso sin embargo hallar la razón del llanto, y buscó a la dama con la mirada.
Así rompió el sueño.
Amanecía con una llovizna incómoda en la última playa del mundo. El hombre sin fuerzas que estaba echado sobre el pecho emitió una queja queda. La boca le sabía a sangre, en el estómago le ardía el hambre, algunos huesos rotos le reclamaban quietud y en la mente tenía la certeza de que su vida duraría lo que durara la marea baja. Recordó su niñez y los labios bellos de una mujer adorable. Intentó suspirar. Lo atormentaron visiones de errores pasados, de su ambición y su estupidez. Quiso llorar. Ahora sí era cierto que estaba perdido y supo qué debía hacer.
Volvió a dormir y se esforzó en soñar. En un instante estuvo de nuevo en una tibia tarde. El olor de las cortas hierbas salvajes y la ternura del pasto le hacían cama. Un suave murmullo de agua juguetona le reconfortaba el alma y la música de coloridos trinos lo acompañaba. Participaba pasivo de la armonía florida de la creación. Pero esta vez, ella no estaba allí.
La galleta de fresa
Apenas se asoma del paquete, la galleta muestra su rosado rostro de descontento y me dice que “No podía ser peor. En verdad que eres un imbécil de primera”. Lleno de ira (aunque estamos de acuerdo en lo básico del postulado) la muerdo con fingida cara de neutralidad. La maldita decide entonces causar problemas y se aloja en eso que los hombres serios llaman epiglotis, o un poco más arriba.
Con las manos en la garganta (como buscando el cierre de la cremallera) descarto mentalmente mis opciones. Me agradaría gritar por ayuda, pero si pudiera, sé que el mundo hallaría una forma de evadirme. Supongo que estar a decenas de metros sobre el mundo de los corredores de bolsa es una excusa que indudablemente esgrimirían. Claro, nadie hablaría de la molestia de arrugar sus gabardinas ni de exponer sus portafolios al abandono citadino. Descubro, pues, que la asfixia da tristeza cuando no tienes amigos que te aprieten el abdomen y más aún si Tomás, el gato, pasa saltando en un martillo neumático con cara de desesperación.
Caigo de costado, del lado derecho, creo. Lo importante es que caigo sobre una viga en vez de caer al vacío. Por supuesto, no iba a morir por una caída, el mundo no es tan amable con nosotros los simples. Algo eléctrico en mi espina me hace quedar arrodillado y con toda la fuerza de mi vientre empujando la lengua. Al borde de explotar por la presión, cuando ya veo nublado y con manchas negras, distingo con dolorosa certeza otra galleta que se ríe de mí a carcajadas dentro de su plástico paquete.
Ya no siento nada, no siento mis manos, ni la penetrante melancolía que me trajo hasta aquí, ni la indignación de los Rockefeller por la obra de Diego Rivera, ni la futura depresión, ni la presión de la mafia italiana, ni el ansia por un fonógrafo, ni siquiera intriga por el placer del opio. Ahora sólo están en mí el dolor profundo dentro del cuello, el sabor a babaza, el dolor de los pulmones y el cansancio de toda una vida de mil caminantes en mis molidos músculos.
Supongo que moriré y vendrán impagables deudas sobre mis deudos. Aunque de momento no recuerdo ninguno. Creo que así es mejor. Me intriga qué dirá mi casera, Gloria. Nada, creo; ella nunca habla. ¿Y mi capataz? Seguro que el sí distingue mi cara y mis habilidades. Pero ya no importa, así como tampoco importa si esos animales son reales. ¿Cuánto de esto será un sueño de alguien más? Ojalá todo, así no tendré que preocuparme si aquella reía por su estupidez o su crueldad.
2007/08/02
Gentes de la gleba en apoteosis
Es de saberse que a estos seres microscópicos también los acosaban otros parásitos todavía de menor tamaño que resultaron muertos, pero lo que nos interesa es que en el ojo izquierdo del más vil de los ácaros en agonía, una lágrima de ardor desplazó una viruta de polvo infinitesimal en que vivía con su familia y la familia de su esposo una termita de género miserable que vio como la totalidad de su universo era arrojada con ella adentro contra otro universo llamado piedra de obsidiana. Esta casualidad, para ella un catastrofismo de magnitud enciclopédica, ocurrió con tal coordinación que el veneno demoníaco apenas hizo daños leves en la termita (un sarpullido abdominal), a pesar de que éste llegó a devastar del todo al resto de la demografía de la viruta en cuestión, que –créase o no– albergaba en distintas proporciones a ciento setenta y cuatro clases de bichos de distintas pequeñeces.
La termita resistió el choque contra la rojiza piedra volcánica. El golpe la privó de la habilidad de desplazarse y destrozó sus intestinos. Pero como era saludable y había almorzado bien, logró sobrevivir con plena conciencia ochocientos cuarenta y tres mil quinientos sesenta y ocho años (contados según la tradición de la viruta), y tres meses y medio de un silencioso estado comatoso profundo.
En este trance, en que su lesión mutaba en extinción, invocó al Justo y Bueno por la clara, contundente, honesta y completa razón de su muerte. Éste sabiendo el cuando de su adiós final y sabiendo –por supuesto– todo lo demás, incluyendo las habilidades interpretativas de la termita y las calamidades que debía atender o generar luego de consolarla, le dijo ‘Expulsé un demonio’.
La historia romántica, dispersa y vaquera, de las comas, explicativas, enumerativas, que surgen, a veces, de más, y se quedan, certeramente, allí.
Estas, en serio, son, my son, dijo, queriendo decir hijo mío, al hijo suyo, suyo de él, tentaciones inmensas, e inmenso fue el horizonte que sus ojos, inmersos en él, pintaron, tentaciones inmensas, repitió en su pausado hablar, que se presentan como serpientes, diamantinas, escamadas, y silbantes, tentadoras, escondidas en maleza, maleza ellas a su vez, y debes, dijo al hijo, mientras ellas, la mirada y la voz, surgiendo urgentes, le mostraron toda la turbación al joven, expectante, saber cómo, cómo y cuándo, su veneno, ya probado por el viejo, en aquella incierta, confusa situación de tiempos, bellos y eternos, pero ya lejanos, debes, siempre que puedas, afirmó sin pasión, pues sabía que él mismo no lo había logrado, en el instante, fugaz e imborrable, de batir en duelo a su destino, pero con esperanza, ya que la voluntad del joven, agitada como los mares con el huracán, arremolinada e imparable, podría enfrentar con mejor suerte, esa suerte que le fue adversa, la tarea severa, evitar, evadir con gracia, cual gacela pintada por mano diestra, de genio pintor, de maestro creador, cual gacela rampante, de lejanas tierras ignotas, tierras bellas, al, y aquí hizo una dramática pausa, ocuparte, sentenció con la voz del trueno, herencia incuestionable del linaje, legado de la vida en el continente, de, y exhaló al fin, como quien muere, escribir.
El amor
Yo recomiendo el amor, para que mueras por él cada instante. Ama a diestra y siniestra, ama con ardor, con pasión, con todo el ardor del v...
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No quedan luces en el mundo. Dificilmente se captan los perfiles. -Le hablas a un muerto. -¿Tanto tiempo tardó esta conclusión? Se cierra el...
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En la calle en noche de feria, justo frente a un bar. Es luna llena y huele a rosas. —Tú me gustas. (Ríe) —Tú no. (Ríe) —¡Qué bueno que somo...
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Tengo un pez espada atravesado en la garganta, y resulta muy incómodo cuando entro a un ascensor, entonces, mejor la escalera, y también cu...