Luego de tentar a Eva, y cuando el Arcángel empuñaba en otra dirección la llama de la justicia, la serpiente envenenó a una rata que le interrumpía la huída; con el veneno ardiente también murieron las pulgas que otrora fueran el tormento de la rata y con esta muerte, se dio además la tragedia de las garrapatas que vivían de las pulgas y los ácaros que desangraban a éstas.
Es de saberse que a estos seres microscópicos también los acosaban otros parásitos todavía de menor tamaño que resultaron muertos, pero lo que nos interesa es que en el ojo izquierdo del más vil de los ácaros en agonía, una lágrima de ardor desplazó una viruta de polvo infinitesimal en que vivía con su familia y la familia de su esposo una termita de género miserable que vio como la totalidad de su universo era arrojada con ella adentro contra otro universo llamado piedra de obsidiana. Esta casualidad, para ella un catastrofismo de magnitud enciclopédica, ocurrió con tal coordinación que el veneno demoníaco apenas hizo daños leves en la termita (un sarpullido abdominal), a pesar de que éste llegó a devastar del todo al resto de la demografía de la viruta en cuestión, que –créase o no– albergaba en distintas proporciones a ciento setenta y cuatro clases de bichos de distintas pequeñeces.
La termita resistió el choque contra la rojiza piedra volcánica. El golpe la privó de la habilidad de desplazarse y destrozó sus intestinos. Pero como era saludable y había almorzado bien, logró sobrevivir con plena conciencia ochocientos cuarenta y tres mil quinientos sesenta y ocho años (contados según la tradición de la viruta), y tres meses y medio de un silencioso estado comatoso profundo.
En este trance, en que su lesión mutaba en extinción, invocó al Justo y Bueno por la clara, contundente, honesta y completa razón de su muerte. Éste sabiendo el cuando de su adiós final y sabiendo –por supuesto– todo lo demás, incluyendo las habilidades interpretativas de la termita y las calamidades que debía atender o generar luego de consolarla, le dijo ‘Expulsé un demonio’.
Es de saberse que a estos seres microscópicos también los acosaban otros parásitos todavía de menor tamaño que resultaron muertos, pero lo que nos interesa es que en el ojo izquierdo del más vil de los ácaros en agonía, una lágrima de ardor desplazó una viruta de polvo infinitesimal en que vivía con su familia y la familia de su esposo una termita de género miserable que vio como la totalidad de su universo era arrojada con ella adentro contra otro universo llamado piedra de obsidiana. Esta casualidad, para ella un catastrofismo de magnitud enciclopédica, ocurrió con tal coordinación que el veneno demoníaco apenas hizo daños leves en la termita (un sarpullido abdominal), a pesar de que éste llegó a devastar del todo al resto de la demografía de la viruta en cuestión, que –créase o no– albergaba en distintas proporciones a ciento setenta y cuatro clases de bichos de distintas pequeñeces.
La termita resistió el choque contra la rojiza piedra volcánica. El golpe la privó de la habilidad de desplazarse y destrozó sus intestinos. Pero como era saludable y había almorzado bien, logró sobrevivir con plena conciencia ochocientos cuarenta y tres mil quinientos sesenta y ocho años (contados según la tradición de la viruta), y tres meses y medio de un silencioso estado comatoso profundo.
En este trance, en que su lesión mutaba en extinción, invocó al Justo y Bueno por la clara, contundente, honesta y completa razón de su muerte. Éste sabiendo el cuando de su adiós final y sabiendo –por supuesto– todo lo demás, incluyendo las habilidades interpretativas de la termita y las calamidades que debía atender o generar luego de consolarla, le dijo ‘Expulsé un demonio’.
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