Un hombre, el que todos seremos alguna vez, dormía profundamente. Tenía la frente apoyada en el antebrazo izquierdo como resguardándose del inminente mal, enfrentaba su espalda desnuda a la infinidad del espacio, sus piernas se extendían sin el menor movimiento sobre la suave pendiente de esa parte del mundo. Su mentón barbado estaba anclado en el suelo y bajo sus plantas se veían gránulos de arena discontinuamente adheridos a la ruda piel. A consecuencia de los pesados trabajos que realizó, era víctima de un sueño profundo. Respiraba hondo y despacio, parecía que de una aspiración quisiera abarcar el largo del mar. Su pecho se hinchaba lentamente y cuando ya casi iba a estallar, empezaba un parsimonioso silbido de desahogo respiratorio.
Sentía a la vez la caricia de unos delicados dedos y de una hermosa canción. La dama que le acariciaba el cabello movía sus manos con gracia indecible. Sus movimientos al borde de lo imperceptible se fundían con el tacto de su larga y negra cabellera sobre la piel cansada; unos y otros eran del mismo material de la canción, que hechizaba con sus oscilantes notas al marino en retiro. La dama apenas se distinguía entre las hierbas florecidas que la rodeaban. Sus manos delicadas se movían dejando una estela de luces dispersas. Similares destellos producían las gotas del manantial –ese que se presentía tras la imagen de la dama– al romperse contra las piedras redondas del cauce. La canción en voz de la mujer sonaba a solo de clarinete y evocaba los más cálidos sentimientos del amor.
A ella que todo lo sabía, una lágrima le cayó de los ojos verdes. ¡Llanto de los mares, Tristeza de esmeraldas! La perla líquida rodó por esa mejilla tan lozana y tan pura como el anhelo de los náufragos. La lágrima al fin tocó al marino. Él percibió que la tristeza invadía inevitablemente aquella perfecta escena, que su paz se estaba derrumbando y el fin estaba cerca. Quiso sin embargo hallar la razón del llanto, y buscó a la dama con la mirada.
Así rompió el sueño.
Amanecía con una llovizna incómoda en la última playa del mundo. El hombre sin fuerzas que estaba echado sobre el pecho emitió una queja queda. La boca le sabía a sangre, en el estómago le ardía el hambre, algunos huesos rotos le reclamaban quietud y en la mente tenía la certeza de que su vida duraría lo que durara la marea baja. Recordó su niñez y los labios bellos de una mujer adorable. Intentó suspirar. Lo atormentaron visiones de errores pasados, de su ambición y su estupidez. Quiso llorar. Ahora sí era cierto que estaba perdido y supo qué debía hacer.
Volvió a dormir y se esforzó en soñar. En un instante estuvo de nuevo en una tibia tarde. El olor de las cortas hierbas salvajes y la ternura del pasto le hacían cama. Un suave murmullo de agua juguetona le reconfortaba el alma y la música de coloridos trinos lo acompañaba. Participaba pasivo de la armonía florida de la creación. Pero esta vez, ella no estaba allí.
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