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2013/07/28

Sueño de una noche de invierno ruso

Está oscuro. La luz de la pantalla arma solo los bordes de las figuras. Viste de negro. No la ves. Allí hay una mano y cuando la toco oigo el crujido eléctrico de mis deseos saltando a esa piel de ángel. La gente habla, inglés con acento británico, peroratas en ruso, incluso uno por teléfono. Y ella no habla. 

No se mueve.

Viene nieve implacable. Rusia invernal se presenta. La intuición se hace material: se ven los labios inmóviles. Un instinto carnívoro ve rojo nada más. Inicia un acecho feroz e inconcluso. La escena blanca muere, y queda una sombra que ni siquiera late con la respiración.

Supongo que respira.

Tiene cinco dedos. Tiene un dorso y una palma esa mano. Cuelga de una muñeca. La muñeca está soldada a un brazo. El brazo se hunde en la negrura del teatro.

Más allá, un continente inamovible. De este lado, yo.

Ella inmóvil, impertérrita, inaccesible, inaudible, inasible, ausente casi de este mundo. Volcada a la pantalla, sus movimientos y sus ficciones. Viendo las cosas de la gente desde su dimensión ajena.

Acá, una Karenina. Vibrante, perdida por los acosos de sus emociones. Esa falacia de lo que hacen, dicen o sienten las mujeres. Esa y todas falacias. Lo femenino, por más que queramos algo distinto y por más que caigamos en el vano intento de cambiarlo, es otro universo.

El filme acaba. Ella sonríe, convierte esa boca en el sueño de cualquier ser que desee. Forma y función. Rojos labios, carnosos, abundantes, dos mares de labios ondeantes. Bebe un café aromático y habla de los tapices, del ritmo de la trama, del respeto al canon y la novedosa transformación de la trama, de lo que hacían las novelas en aquellos días, de Rusia y la pluma que derramó a esas personas, incluso al buen Karenin, al difícil Karenin, al tonto Karenin.

Ha mutado de la estatua helénica a una diva académica, y su transmutación fuerza la adaptación del mundo. Hay una calle ahora, con luces estelares, la noche fresca, las calles solitarias, el asfalto apenas húmedo, y el títere andando junto a ella.

El títere ve un árbol, el árbol más real que ha visto. Tan real como en os tiempos en que descubrió la tridimensionalidad de las ramas que abrazan el cielo, tan tupido de detalles, tan históricamente elaborado, con tantas marcas del tiempo indicando su presencia y sus batallas contra este mundo de la realidad material.

De la nada, viene la historia fantástica de la presencia anterior de ella sobre estos pasajes. Cruzaba de la mano de una abuela, doble mamá, doble dulzura, doble sabiduría, el camino al jardín. Y el árbol en aquellos días tenía una puerta, y era la casa de los seres de un mundo fantástico.

El camino cortés termina. Está la puerta y su vida después de ella. 

Aquí estoy yo y ella allende.

2013/02/17

Vivir con muerte

No es que yo la invente, la atraiga o la venere, la idea de la muerte se me presenta multifacética y variable, como un caleidoscopio nefasto. Creo engañar bien al mundo sobre su constante presencia en mi mente. Resulta insulso aclarar que la muerte está presente siempre en el mundo, que la vida, como concepto, la requiere y que siempre pende sobre los seres que viven. Para ser preciso, se está acercando. Inevitable.

Muchas variaciones de esa certeza, decía, cruzan mi mente. Un día afortunado, caminando bajo el cielo perfecto, con nubes algodonadas como las del país de Jorge Isaacs, con brisa leve y el olor de las plantas sonriendo apareció otra vez: Imaginé que sería genial que un rayo me quemara y evaporara. La norma cultural dicta que me habría de partir, pero la lírica popular tiene que limitarse a la verosimilitud, y un rayo no parte, lo que hace es parte de su belleza. Esa cantidad contada e ingente de energía cocinando las carnes y las vísceras, quemando el cerebro y cada nervio, en un instante mínimo. Y lo mejor: ocurriría en un día en que todo parecía ir genial. Con un trabajo decente, sin mayores deudas, habiendo salido airoso de tristes reuniones, habiendo visto a algunos y hablado con otros amigos, pero de forma incompleta, sujeta siempre a la incompletud de la vida.

La imagen habitual, sin tanta historia ni consideración, es verme colgando de una viga saliente de un edificio lóbrego, una tarde de nubes con el sol en contra. Quieto. Ni siquiera mecido por el viento. 

La segunda imagen recurre con mayor frecuencia. Tiene un resorte simple, que la lanza al aire al menor esfuerzo.

En otros días, esperaba una muerte venida del accidente imposible, uno de buena fe e imposible de atribuir como culpa individual. Repentino, inmenso, imposible de superarse. Con sangre, pero sin tiempo. Tal vez el golpe de un tren, lo que hace lamentable la poca difusión de los rieles en el mundo.

De tan común este pensamiento que ha evolucionado a una sensación y a un dispositivo. Como sensación, es fría; como dispositivo, es depredador. Cuando esa sensación ataca por primera vez una idea, duele y congela, como cuando supe que nadie estaría conmigo en ese arreglo amatorio. Ardió, se enfrió, dejó un vacío y una cicatriz. Cuando reincide sobre el mismo punto, solo es frío. Como hoy, al escribir la soledad.

Así la muerte pasa a ser un ingrediente más de la vida. Un ingrediente activo en esta existencia medicada. Que se suministra a sí misma en dosis soportables y al que no se genera resistencia nunca.

Solo la intriga, el temor, la tristeza de cuándo, cómo y dónde la dosis será fatal.

2012/04/28

Dos sueños

En el sueño hubo una y luego hubo otra, que era la misma siendo distinta. Nada raro, trampas de la psiquis omnipotente en su terreno más fértil. Se sucedieron, siendo tan opuestas sus causas. Claro, cada una, en sus malabares de sucubo independentista, movió el continente hacia una dirección diferente.


La primera, que no es otra que la misma, pero siendo una que no es, cosas de sueños, dijo sí y luego marchó. La segunda no dijo nada, hizo algunas revoluciones que no debían ser muy notorias hasta el paso de los años, y se dedicó a reparar los daños intensos.


Hubo cabos que se hicieron islas, en tan desleído país. El tiempo era uno y era lineal. Primero la ausente y luego la ausente, puesto que en ello siempre se encuentra motivo para concordar en la triste realidad del que sueña, siempre un solitario soñador.


Acusadas independientemente, en Salems separadas, se les presentó cargo de invasión onírica. Una, la otra que siempre prima, aunque secunda más de lo que prima, admitió sus cargos o más bien, halagada por ellos no encontró crimen en ellos, más bien pidió que se le acusara de concierto para delinquir, o tentativa de ese concierto. Fue entonces la telonera de un concierto criminal que no terminó en darse ni en quitarse.


Más tradicional, la esta (que es la 'otra', por simple lógica), dijo que aquello era un circo loco en el que se presentaba todo hecho al revés puesto que la habían raptado de mejores y más finitos sueños, de satisfactores y más hondos, más húmedos y más carnales sueños, solo para... para nada, puesto que este sueño era un exceso de parafernalia y nada más. Urge compensar a la otra una con algo que la permitiera hallarse en su punto, en su salsa, si fuese calamar, y no en el calamitoso correr de estos confusos amaneceres solitarios.


Queda de todo este expediente, un pronto corolario. Dice el demente Mercutio y ninguno otro lo puede decir mejor "Lovers use to lie". Aquí no queda aclarar cuántos amores mienten, ni cuántos yacen. Puesto que todo amor es mentira y todos hemos de despertar alguna vez.

2012/02/08

De futuros y ríos

A dos cerebros, con Mariana Cascante.

Una cosa fascinante del uni(multi)verso es que el pasado está determinado y el futuro, no. Somos seres de futuro, inéditos, por ello tanto más difícil distinguir la imagen del futuro en el ahora. Los ríos son entes vivos sujetos a su propia dinámica; el yo es un río más confuso. Los planes tropiezan. ¿A qué va todo esto? Ese es el punto: es indecible a dónde va todo esto. En parte porque no sabemos nuestra próxima jugada; en parte por un punto de quiebre muy simple: no sabemos si el objetivo es (como en tetris) llegar tan lejos como se pueda acomodando las piezas de la incertidumbre con un solo derrotero, o como en Risk, Monopoly o ajedrez, armar un escenario que sea el más adecuado para anular la incertidumbre y apoyar nuestro propósito.

Sin embargo, si se quiere conjurar un futuro (por parcial que sea ese futuro) hay que factorizar todos los elementos. Allí el punto fascinante, pues uno puede formular escenarios diferentes hipotéticos que lleven a futuros similarmente promisorios. Pero ¿qué tan distantes? Una gota puede ir por un río al Atlántico y por otro al Pacífico. Del mismo modo, la misma gota puede ir por el Magdalena o el Amazonas y terminar en el Atlántico. La metáfora se agota porque el Atlántico es a la vez el Índico y el Pacífico. Se a-gota, porque (¡el lenguaje y sus trampas sabias), el futuro es amplio, pero llega a ser solo uno, un amplio futuro. De modo que hay una determinación en el futuro y es el tiempo de los seres vivos.

Queda el curso. Queda el cauce del río y sus meandros. Los puntos de quiebre y las cambios en la vida. Viajar, cambiar el trabajo, procurarse el mejor camino. Arriesgarse y nadar.

2011/12/18

Nota última

Mis estimados entes del pantano, no quiero preocuparlos, pero una terrible amenaza se acerca. No la conozco y no sé qué podría pasar en el futuro. Es solo la vibración nefasta en los bigotes, el tacto raro bajo las patas, el sol con su luz raída. En el trote intenso veo certeramente que el cielo se muestra inconsistente; la tierra hiede y el lodo hiere. El sonido carga llantos y sollozos más que nada. La madriguera siempre nos mentirá su calor, tan lejano a la noche espantosa de las eras.

Los ancianos lo dijeron y lo olvidamos. Hoy vienen los recuerdos. Mañana tal vez seremos recuerdos. No digo que huyan, pues no veo razón en ese método. Nada nos queda en el mundo que no esté sumiéndose en la catástrofe. Los colmillos que traen la muerte están aquí.

La voz de la gran madre dice entre mis orejas que cuando venga la oscuridad, cierre los ojos. Hoy los cierro por lágrimas y no creo que vuelva abrirlos, el destino todo ha llegado hasta aquí.

2011/11/29

Deseos de enlistarse al batallón

Me gustaría, a la larga, terminar de enloquecer. Este punto intermedio con titubeante gramática y restos de decencia, no es tan útil a la paz del alma. Cuando el fonambulista da el primer paso, sabe que no hay vuelta, solo adelante. Este camino, en cambio presenta unos retrocesos dolorosos, en los cuales se descubre que miércoles no es el tipo de sustantivo que uno agrega a una ensalada, aunque haya dicho días atrás, el martes, no el miércoles, haberse comido una ensalada con eso aderezado; o descubrir que esta rígida forma es una mancha en la sombra cósmica de un jaguar perdido, no la constitución de un país o la ley gravitatoria.

Debe ser maravilla volver al pañal y la neonata inocencia de la ausencia de palabras, no tanto por abandonar el intercambio monetario o el trabajo esforzado, sino por la dilución de los conceptos.

La felicidad de la locura viene tras muchas fronteras rotas, estando en solo algunas es mucho el cascajo de vidrio roto lacerando los signos. Dan fiebres y bajadas que intentan recuperar la oveja perdida, mundo de pastores, mundo de ovejas pastoras, hacia el fuego del hogar. La oveja renegrida no se ha perdido, está fuera de sí, no está en sí, pero no hace espuma.

Largo trecho para dejar, para cortar el hilo de Ariadna ovejuna en el laberinto de otro que no es el minotauro, uno que es el niño esencial de Nietzsche o de las fantásticas historias.
Mientras, seguirá el ejercicio de la discreción y la contención, cobardes apariencias sin gracia del tipo sin carácter, el prudente cuidado de la norma ajena y el culto por la claridad y la rectitud del pensar. Sí, antes de que se pueda perder, la claridad del pensamiento es agobiante y nada más triste que un cuerdo a medias. El demente a medias ya ha logrado algo porque va en el camino de su perdición; el cuerdo a medias está perdiendo lo que creía tener.

La verdad no hay cuerdos, solo crédulos. Los incrédulos buscan y tienden a perderse. Los incrédulos perdidos: el batallón heroico de las almas camino a la locura.

2011/06/25

La melancolía y el camino de la resequedad

Tengo un pez espada atravesado en la garganta, y resulta muy incómodo cuando entro a un ascensor, entonces, mejor la escalera, y también cuando hace mucho calor, y no solo por el olor fosfórico. También es algo doloroso, pero no importa, la gente no se ocupa de eso cuando está muerta. No en el sentido de carecer de pulso o haberse detenido para siempre mi respiración, pues este discurso me resultaría muy difícil de sostener; muerto en ese sentido tonto que se usa cuando viene el despecho o el fracaso, que es cuando puede uno seguir andando con un animal marino cortándole la tranquilidad y dificultándole la articulación de las palabras.

Mientras permanezco en el techo de la casa, esperando el monzón, el movimiento de las nubes y el tacto casi maternal de la incesante llovizna logran darme el punto de equilibrio requerido para olvidar el peso que me fuerza a tener la cabeza inclinada hacia la derecha. Las revistas que despacho, siempre de farándula pues son las únicas que resisten el azote de la humedad relativa de mi paramuna y natal ciudad, me hacen sentir en una peluquería. Una desolada, aclaro, y sin ese olor a quemado y a químico estético. Hay paz en ese lugar, techado con tejas de fibra de cemento, Eternit para abreviar, aún por sobre los ladrillos rojizos y sus uniones grises de edificación pobre.

Otra cosa es entrar a los buses (siempre poco después del amanecer) y correr al otro extremo de este pueblo, donde voy a empacar compras de ricachos en lindas bolsitas de papel kraft. Mi sueño ya anticipadamente roto es estar tras la registradora y preguntar a cuántas cuotas. Incluso si el pez espada se cayera, me lo desincrustaran o si un hada o cirujano lo retirara con sus artes, yo ya no podría enderezar mi mirada, un tanto maleva de tanto andar así. Y por ahora prefiero el puesto simple que me deja ir muchas veces al baño, a los baños. Recorrer esos pasillos ocultos tiene su tinte de exploración decimonónica o ciberpunk. Las puertas traseras de los centros comerciales son suficientemente estándar como para que quepa mi pez, y ahora entiendo mi repentina tristeza en esos días previos al pez espada al cruzar la puerta y verla tan ancha para un tipo solo.

Sí, el pez me trae un doble para los soliloquios y tal vez el tono taciturno se deba a hablar tanto conmigo usando el leitmotiv de dos metros de escamas azuladas. No me creo capaz de dejarlo ir ahora. Cuando recién era una cosita de cuarenta centímetros, eso era otra cosa, no le había visto yo en sus días felices ni él me había acompañado en los míos. Amanecí un día con él y un guayabo enorme, sin memoria de ninguna de las noches anteriores. Los amigos de los tiempos felices se habían acabado en la primera noche, así que el despertar callejero y solitario me priva del medio y el motivo de la inserción.

La gente no me falta, o me falta en otro modo, o no lo sé o no me importa. El colegio fue feliz y esa gente fue buena, supongo. Tengo recuerdos de antes del pez, que por alguna extraña razón están llenos de Jacques Cousteau y Gloria Valencia de Castaño. Tal vez extraño Naturalia, El Calipso, a Cousteau y a doña Gloria. A veces recuerdo los besos sorpresa de la niña del local de electrónicos y recuerdo que llegó a casarse, no con el tipo que vino después de mí, justo después de mí, sino con otro. Vi fotos de ellos, la paisa una vez me las mostró, como por maldad indefinida. Parecían esa gente que sale en las revistas, en las últimas páginas, ella con las pestañas largas como puentes y él cuadrado como caricatura, muchas flores todas blancas inmaculadas, gente sonriente, faldas cortas.

Yo vuelvo a mi buseta, siempre tarde, no porque me guste terminar de cuadrar el local sino porque el local vacío es casi el mejor sitio para estar y para coger la buseta vacía (¿ven?: vacío es bueno para el tipo del pescado en la garganta), hacerme en un puesto con ventana, abrirla y sacar la cola, sentir el viento húmedo y ver a la gente esconderse de la lluvia que vuelve a empezar.

2011/04/05

Mi balada (ahora más agridulce)

Talante y, en menor proporción, talento me faltan para dar forma, brillo y color a las baladas agridulces que tus ojos han regalado a mi vida. Tú ya sabes que le agrego mieles y hieles a mis días, por si no hubiera suficiente contraste en el universo, así que no niego nuestros desencuentros, que amo también, y por tanto digo agridulce; mas lo que antes fluía como torrente de montaña virgen, ese parloteo altisonante, curioso y azaroso, ya se va quedando mucho más en el interior oscuro de mi cráneo, escapando en mínimas gotas que ya no altisuenan ni sacuden, cuando eso es lo que deberían hacer para esta tarea, misión, propósito que habría de ser una balada y nada más. 


Si no fuese ya bastante con eso, ando con un corazón tartamudo hace mucho rato, de esos impulsados a manivela, que no solo se enreda en decir mil cosas antes de decir lo que tendría, hace ruido escandaloso por sus oxidados mecanismos y se nota cuando anda, porque se le escapan manos y besos. De esos corazones de modelos viejos, difíciles de manejar: Nada de frenos ABS, inyecciones computarizadas ni de direcciones asistidas en este escaso y aún fornido bombero de sangre. Claro que sí tiene unos cómodos e incluso lujosos espacios interiores, finamente manufacturados, que ahora me gusta tener dispuestos para ti y descaradamente confieso fueron dispuestos para otros residentes ocasionales que no los supieron disfrutar. 

Él y yo nos jalamos mutuamente por las calles rotas, el asfalto gris y (ahora) los arcoíris que tú nos dejas ver cuando las frecuencias de tu luz se separan en colores hermosamente diferentes; cuando nos logramos entender hacemos charla agradable y antes deshacíamos los caminos de la razón. Como si hubiéramos envejecido juntos, nos entendemos ya bien, por lo que no nos perdemos en esas infinitas deconstrucciones de la vida cotidiana, cosa agradable para el fluir maquinal de los días de laburo y triste para el arte de sacudir tus oídos con locuras que encuentres bellas o, si no, cautivantes. 

Trabajadores e industriosos, burdos toneles de te-amos apilamos para ti, en las puertas y los umbrales que nos unen y separan; bidones que apestan, hieden, a millas se los percibe, infiltrándose en las moléculas de seda de tu pelo, en tu casi frutal piel, en los hitos del día –chocolates, llamadas, letras que vuelan por fibras de cobre y ondas de encanto, besos que caóticamente derramo en tu cuello– sin que la gracia nos apoye, al menos no otra que la gracia tuya. Un observador atento, de esos en vías de extinción, podría notar algunas trazas de grandes te-amos que han quedado regados por ahí y rastrearlos hasta nuestra honesta y desvencijada fábrica. ¡Bienaventurada la humanidad, tan ciega a lo que no le es mostrado con una flecha colorida! Mientras se niegue a ver, podré ocultar piedritas que guíen el camino a la balada perdida del que perdidamente ama. 

Cuanto más tentador, así, plantar pequeñas flores en el camino de tu hogar, donde puedas verlas y recordarme. O de pequeños retratos de las sonrisas tuyas, que también son mías. 

Recurriendo a una fórmula, requeriríamos de un joyero para hablar de tu sonrisa, no de este herrero arrugado: hace falta alguien que nos pudiera transferir o que emulara con calidez las palabras que brotan de tus labios. En su ausencia y con nuestros limitados recursos usaremos un cartógrafo para mantener el inventario de tus maravillas. 

Uno que equipare con una gesta descubridora los días consumidos tratando de llegar a la estrella magna de tus ojos, que en las noches y los días brilla invariablemente bella; que cuente las jornadas de asedio tras las barreras de tu fortificado misterio durante las cuales ejércitos de juglares se turnaban para cantarte zalameras danzas y almibaradas parlas, y varios comandos camuflados lanzaban besos incendiarios en misiones encubiertas tras las líneas de resistencia; que relate los viajes y caminos de exploración por ardientes trópicos, sus flores y glorias, sus jornadas y requiebros, pues toda exploración carece de mapas con equis y abunda en pasos dubitativos; en su misión corográfica necesariamente tendría que deleitarnos con nuestra gastronomía lingüística, ese fluir dulce, crocante, cautivante y nutricio del discursar, del parlar; una película en blanco y negro con gabardinas, cafés oscuros y notas secretas en hoteles olvidados recopilaría dentro de su viaje relatado nuestro cartógrafo bohemio, como prueba silenciosa de esa humana geografía con tintes de misterio que menciona sólo en la forma pintada por sus bordes curvilíneos. 

Y así se multiplican al infinito las tareas del cartógrafo sin que haga mucha mella a su propósito original de cantarte. Si fuera yo, fracasaría la misión por ocuparme en la única y absorbente tarea de seguir tus movimientos: pasos imperiales, saltitos encantadores, giros de cuello dramáticamente tentadores, bailes sensuales. ¡No, cómo resistirse a ese glorioso evangelio! Glorioso pero al cual renuncio para disolverme y entregarme en ti en el rito de cada beso que debiera ser eterno; así que ayudémosle con hiperbólicas tareas líricas: Revivamos a Shakespeare, y pidámosle otro centenar de sonetos, insuflemos el buen amor del arcipreste, las saetas del buen Lorca y los tercetos de Machado en un cono de helado de frutas silvestres… 

Digamos, simplificando ya para terminar la retahíla, que mejor prueba encontrarás, tanto más clara, tanto más cotidiana, en estos tus ojos admiradores, atados a ti como girasoles y un poco más abajo la honesta, pura, inocente, permanente sonrisa que me causas. Pero ¿qué balada es esta, mundana y egocéntrica? Es la que se siente desde esta, mi costa de nuestro amor, apoyados los codos en el alféizar de la ventana feliz que me deja verte cuando el sol del atardecer se funde en un velo de estrellas y te revelas profunda, esencial: perfecta.

2010/07/03

Crónica de la Locura Sincrónica

La expedición inició hace tiempo, mucho, eso no es lo importante, y tras la fina silueta, la escurridiza imagen evanescente hemos invertido ya casi todos los recursos. La presa ha dejado de ser el objeto de ese misterioso halo. Se nos ha presentado una tras otra vez, tentándonos, burlándonos. Momento para el cuento, no sea que la épica nos acorrale: La conozco. Me conoce. Fiera tal vez entrenada, ha demostrado ser no fugaz, pero sí múltiple.

Hablo confuso y me llamo nosotros, por ello inicio otra vez, para presentar como corresponde esta suelta crónica de la breve partida y la larga jornada. Éramos muchos y en un tiempo también fuimos legión. La ciudad nos hizo y en ella a la furtiva pieza estamos ardientemente buscando. Tras acercamientos exitosos, muchos hemos muerto, dejándome casi solo, y ante la angustia, escribo esta crónica del ars longa vita brevis.

Somos aún bastantes para poder montar varias guardias y cuidarnos del tedio y la norma. Él, en su turno la ha visto por vez última y ella, sincrónica, pues érase sincrónica y no sólo silvestre, le ha respondido. Sí, la vi. Y por ello cuento este relato del encuentro corto y la historia extensa. Era mi tiempo de garita. Tiritaba porque el calor era de salsa pegajosa. El sitio fue nominado café y libro, y ha de ser referencia al color de alguna portada, pues páginas no había, salvo las que la fiera (fugaz, múltiple) presentaba, y las que ahora entrevemos en el sitio de la lucidez ausente.

Quizá primero conviene decirse que el que monstruos busca, en verdad persigue otra presa: locura. Contemos, pues, la historia de la locura sincrónica que este ha encontrado en su mucho ruido y pocas nueces que sigue sin decir, como he venido a decir, que a ella le hemos dicho: “Tú conoces tu sino, y feliz aceptas que te han llamado por tu nombre”. Hemos argumentado las historias que acumula el buen calzado a favor de la locura. Tonterías también dije. De hecho en el momento clave, callé y hemos así perdido su pista.

¿Qué habrían dicho ustedes, de allá que no han entendido? ¿Cómo cerrar, me pregunto, esta jornada ante la noche clara y sentir que la expedición no ha sido un despilfarro? Creo que entendemos a la presa, pues seguimos su rastro sin ver su rostro. Con la técnica de Hertz, Marconi y otros atrapamos relatos distantes de inteligencias exteriores. Ocultos mensajes aseguramos enviar, por si llegara uno a leernos. Sincrónica locura, por si ella intentara caer en la trampa.

¿Volveremos, pues, a verla? Podremos concluir la expedición del abrir y cerrar de ojos, luego de la epístola, eso propongo. Montamos, por eso guardia ahora oyendo con ojos de pulso. La locura sincrónica viene pronto y habremos de leerla. La expedición que ha durado mucho pronto cobrará sus frutos.

2010/03/13

Teo-market: problema elemental

El buen hombre de Nazareth, llamémosle Jesús para seguir el sentir general, tenía un gran concepto de producto.

Esta nueva nueva, como se le llamó, capturaba las necesidades de un volumen notable de población humana. Y con elegancia su producto las resolvía.

Sin embargo, su red de distribución contaminó las promesas básicas del producto y lo forzó a un empaque voluminoso, monumental.

He allí el problema elemental.

2008/09/09

Vuelta

Me he parado
a mear
y a la vuelta
-en la mesa-
me espera una noticia
inquietante:
que no es mío el hijo,
ese, aquel
que nunca engendré.


Han llamado
de la empresa
y me anuncian
sin júbilo alguno
que el cubículo
que no tuve al inicio deste año
me espera,
por supuesto,
el pasado enero.

El camarada
de juegos de primaria
me escribe
diciendo
"un, dos, tres,
por vos
que no estabas jugando".

Falta pues
que venga
Diana,
la cazadora,
a decir que, claro, se ha casado
pero el sí
me lo ha dado
a mí.

El amor

Yo recomiendo el amor, para que mueras por él cada instante. Ama a diestra y siniestra, ama con ardor, con pasión, con todo el ardor del v...