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2016/08/18

Ojos perdidos

Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer;
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

Porfirio Barba Jacob 
(Canción de la vida profunda, fragmento)


Tú tienes unos ojos muy verdes, de un verde oscuro que se ve poco, no sabría si más bellos que los tuyos, de ese marrón profundo y cálido;porque los tuyos tienen mucho peso sobre ellos, mientras que tus cejas son perfectas, las cejas reales, con fortaleza, con cadencia, pero aunque te estés yendo, quiero decir que son lo más bello o casi lo más bello en tu cara, ya no lo sabrás, pero esos labios son increíbles, te lo diría si fueras a aparecer de nuevo, ahora solo te digo que caminas con encanto cuando desapareces, pero tú, que recién llegas, seguro te has fijado en que hay mucho esfuerzo en esos pasos calculados, me gusta que andas con descaro, con total carencia de interés por mí y cualquiera que se te cruce, quizá por eso te sientan tan bien esas faldas que el viento que puede mover y mueve como le dé la gana para conspirar con tus piernas fuertes, y así en un oleaje de pasos no me dices adiós ni me dices nada, porque no hay nada que tu pequeña tormenta personal no diga y que no deje huella en quienes pasan, ¿cierto?, ¿la has visto?, sí, sí la has visto con ese mirar despectivo de la desaprobación femenina a la diferencia estratégica; claro, tu estrategia está en otro plano, si no fuese por el golpe aromático que te anuncia, tu sutileza sería una trampa casi efectiva para ocultar aquí el talle y el detalle invisible en la media, allí un giro perfectamente planeado del cabello, ese brillo mágico, el botón preciso en la tensión precisa, el color que marca sin que podamos entender cómo el párpado y esa sonrisa indetectable y evidente a la vez; sí, sólo tu perfume tiene la clave de misteriosas intensidades ocultas a lo evidente, o quizá sea el contraste necesario para ti, que vienes solo para esperar en esta esquina el momento adecuado para cruzar esta calle donde vienen ellas, sí, las entiendo, entiendo su amor, sus ojos que habitan el mismo paraíso, lo sé porque ella te ha visto el busto cuando vienen hacia mí, te vi, no lo puedes negar; te ha gustado, por eso que comparten, los otros que notáramos la transparencia de la blusa, seríamos nada más que fisgones entrometidos, lastimando esa aura pura que proyectan, eso que les agradezco que nos regalen, casi tanto como te agradezco ese corte de cabello y ese cuello casi infinito, y a ti te agradezco el tributo punk de esas medias rotas, en serio, tanto como aprecio tus direccionadas y precisas formas; no la veas así, la interrupción programada y preparada de esa malla en esos puntos tan específicos tiene una historia política tan profunda y una estética tan honda como las flores de tu accidental compañera de trabajo y como las cuentas coloridas que alegran tus muñecas, tus orejas y tu cuello; la malla grita una causa con diferentes tonos de sensualidad (si muy fuertes y desapacibles para ti), tus cuentas hablan idiomas distintos en favor de las esbeltas formas que aprecias no tener que apreciar, pero que en un modo distante y elaborado, pensativo, razonado aprecias, y las flores vienen de lejos, con historias de alegría, de cuidados especiales y mundos vedados de ser mujer, cosas que entiendes, que apreciaste y dejaste de apreciar por cerdos como yo, que ven la forma de este hermoso culo y este busto fenomenal marcados en y por la geometría impecable de  los cortes y las puntadas de un clásico incontrovertiblemente perfecto de la feminidad de esta civilización, de lo que esta civilización que recorres con el paso grácil que tú tendrías al caminar con un vestido blanco en un campo de flores, o tal vez sea que eres el campo de las flores que nos halagas con tus pétalos, o tal vez yo sea un simplón que no puede decir nada sobre tus atributos sin perderme en los clichés, un maldito más que solo ve lo más plano de ti, los accidentes más efímeros, perdido en la tonta incapacidad de controlar buscar en el mundo el placer de disfrutar las formas te tu belleza, de tu cabello rojo, castaño, negro, tus pestañas cortas y largas, crespas y rectas, tus ondas, tu fuerza, tu ritmo, tu voluptuosidad, tu recato, tu dulzura, tu ferocidad, tu volatilidad, tu teatralidad, las formas todas de tu misterio, tu indescifrable misterio y de tu siempre presente e inalcanzable misterio.

Lamento haberte incomodado con mi mirada.

Adiós.

2012/06/11

Baliada de un héroe peye

El vuelto se le vino a dañar de parche:
estaba de farolo sin la mala
solo esperando que cayera alguito del billullis
que l'hambre se le arrebrestaba.

Uno sano, jodido y podrío como el tal,
de cuidar la hembra y la cría nacida,
el manes ya no le daba a la pateca ni al chuzo
pa' no traerse mierdas enreveradas.

Pero El De Arriba se las tenía era planilladas,
se le figuró el bissness derecho con cliente papayudo.
El maleto abierto y el man era escapero volador.
Tómatelas que te las tomo y se sopló por el Bronx.

Un fierro se vino a bajar está chimba agonía,
porque el que nace jodido le llueve la culiada.
Y el man en severo plan de juicio, le entra el desespero
porque uno trae las buenas migas si no putea como escupiendo.

"Uy, es que el que mete plomo, lo aploman" y severa rectitud la que traía
como para que se le dañara el craniado con la herramienta.
Nadas, que a lo cinco, el man suelta y deja el fuego,
el durito sabía que con eso no levantaba sino la parca.

"Chimbiado y garra, que's que mi Diosito me facturó,
me ven monta'o y me bajan es que en ascensores,
y el perrín, pailín.
Y el chino tiene que ver al sangre, ¿sizas?"

Pero que creeres ni qué chimbas redondas:
El parce que suelta el fierro y una gonoputa que lo va maniando.
Que no, que la montó de supermanes y se le voló el tun.
Se graduó de comprada de piso del Sena, en tres y en dos.

A lo que lo vi, no me las vine a captar,
porque el que no corre, paga, gonorrea.
Me vine fue abriendo, pero se me figuraba el muñeco,
que ni que lo hubiera cargado de chino.

Y'hora que me la pillo en la tranquila,
al este se lo llevó un gomelo rebajado,
d'esos que soplan y s'espuman que les sale el malandro del bazuco.
A mi ñe no lo iban a dejar sanear, pero el man la sacó honrosa.

2011/11/27

Contribución a la etología felina

No siento cuando sube a la cama, es sigilosa. Sí siento cuando salta hasta el televisor y su regordete cuerpo se posa con sutil elegancia sobre la caja tonta. Da algunos de esos mínimos pasos y se posa. Se sienta con pose de reina y mira la cortina.

Yo desde el salto estoy volviendo de mis conferenciados sueños, cosa que no viene al caso. Sé por referencias de terceros, por reportes personales entregados a mí y por la experimentación con sujetos de estudio, que los humanos no son dados a despertar, menos por agentes externos; así que creo que pocos se alegrarían como yo con ella despertándome con ondas de choque en mi colchón. Podría ser un cobro kármico, puesto que yo por diez años torturé sin saberlo a uno de mis hermanos, despertándolo con una sacudida en los pies, cinco días a la semana, diez meses al año; cuando él pudo despertarme, me zarandeó suficiente para despertarme por varios días y con eso aprendí que las ánimas jalando patas desde el más allá son realmente una espantosa amenaza metafísica; inicié esta desafortunada ‘frase’ con podría ser un cobro kármico, hace más o menos mil palabras y cuatro tristes novelas, pero no lo es. De hecho, yo disfruto el salto minino, así me tome mil palabras volver del mundo de los sueños. La razón es simple, mi aparatoso despertar ensambla con su elegante ritual.

Si no es obvio, no solo me despierto, me levanto de la cama y camino. Lola me ha entrenado para cumplir una simple tarea que es a diario mi primer acto de servicio al mundo. A tientas, titubeante y sonso (esto no a causa del sueño sino de mi continuada existencia), y abro la cortina, la cual ha sido el objetivo de la mirada fija de emperatriz, de esta inmutable emperatriz. Ella cambia el enfoque de sus ojos hermosos y si algo atrapa su atención, mueve la cabeza. A menos que sea un día muy frío de esta ciudad sub-glacial, entonces mantiene el enfoque hasta que yo quito la condensación del vidrio; entonces cambia el enfoque y tal vez se mueva.

Yo la miro y ya, me gusta que esté allí. (Viene siempre, se queda pocos días.)

La miro y no más, porque ella no me deja tocarla. Está bien, es independiente y fascinante. Es suficiente para mí que exista y yo tenga noticias de eso, ¿para qué voy a querer contagiarla de mi patetismo?

A veces a hurtadillas, casi a escondidas, se sienta cerca cuando yo me siento a trabajar en el computador. El perro delata su ubicación, los perros son otra historia. Le beso la cabeza, la frente para ser exactos, cuando ella lo permite. Supongo que igual que el perro, un día andaré con un rasguño en la nariz por esa costumbre. Vuelvo a trabajar, como ignorándola, ella vuelve a cerrar los ojos ignorándome sin ignorarme. La veo mover su oreja vigilante, casi mirándome, llamándome al orden para volver a trabajar e ignorarla realmente.

Cuando como arequipe, siempre aparece y aunque los libros dicen que los gatos no perciben los sabores dulces, yo la veo una dulcera delirante.

En las tardes cuando vuelvo de la ronda por el mundo, ha vuelto al televisor a ver por la ventana. Por algún tiempo se queda en el mismo espacio conmigo. Luego se aburre y busca algo que la entretenga. Se va con su paso real y el aura de solemnidad de la habitación se disuelve. Ya ha anochecido y yo no tengo fuerzas para seguirla. Tampoco nada que ofrecerle.

Vuelvo a dormir. Mañana tal vez me despierte.

2011/06/25

La melancolía y el camino de la resequedad

Tengo un pez espada atravesado en la garganta, y resulta muy incómodo cuando entro a un ascensor, entonces, mejor la escalera, y también cuando hace mucho calor, y no solo por el olor fosfórico. También es algo doloroso, pero no importa, la gente no se ocupa de eso cuando está muerta. No en el sentido de carecer de pulso o haberse detenido para siempre mi respiración, pues este discurso me resultaría muy difícil de sostener; muerto en ese sentido tonto que se usa cuando viene el despecho o el fracaso, que es cuando puede uno seguir andando con un animal marino cortándole la tranquilidad y dificultándole la articulación de las palabras.

Mientras permanezco en el techo de la casa, esperando el monzón, el movimiento de las nubes y el tacto casi maternal de la incesante llovizna logran darme el punto de equilibrio requerido para olvidar el peso que me fuerza a tener la cabeza inclinada hacia la derecha. Las revistas que despacho, siempre de farándula pues son las únicas que resisten el azote de la humedad relativa de mi paramuna y natal ciudad, me hacen sentir en una peluquería. Una desolada, aclaro, y sin ese olor a quemado y a químico estético. Hay paz en ese lugar, techado con tejas de fibra de cemento, Eternit para abreviar, aún por sobre los ladrillos rojizos y sus uniones grises de edificación pobre.

Otra cosa es entrar a los buses (siempre poco después del amanecer) y correr al otro extremo de este pueblo, donde voy a empacar compras de ricachos en lindas bolsitas de papel kraft. Mi sueño ya anticipadamente roto es estar tras la registradora y preguntar a cuántas cuotas. Incluso si el pez espada se cayera, me lo desincrustaran o si un hada o cirujano lo retirara con sus artes, yo ya no podría enderezar mi mirada, un tanto maleva de tanto andar así. Y por ahora prefiero el puesto simple que me deja ir muchas veces al baño, a los baños. Recorrer esos pasillos ocultos tiene su tinte de exploración decimonónica o ciberpunk. Las puertas traseras de los centros comerciales son suficientemente estándar como para que quepa mi pez, y ahora entiendo mi repentina tristeza en esos días previos al pez espada al cruzar la puerta y verla tan ancha para un tipo solo.

Sí, el pez me trae un doble para los soliloquios y tal vez el tono taciturno se deba a hablar tanto conmigo usando el leitmotiv de dos metros de escamas azuladas. No me creo capaz de dejarlo ir ahora. Cuando recién era una cosita de cuarenta centímetros, eso era otra cosa, no le había visto yo en sus días felices ni él me había acompañado en los míos. Amanecí un día con él y un guayabo enorme, sin memoria de ninguna de las noches anteriores. Los amigos de los tiempos felices se habían acabado en la primera noche, así que el despertar callejero y solitario me priva del medio y el motivo de la inserción.

La gente no me falta, o me falta en otro modo, o no lo sé o no me importa. El colegio fue feliz y esa gente fue buena, supongo. Tengo recuerdos de antes del pez, que por alguna extraña razón están llenos de Jacques Cousteau y Gloria Valencia de Castaño. Tal vez extraño Naturalia, El Calipso, a Cousteau y a doña Gloria. A veces recuerdo los besos sorpresa de la niña del local de electrónicos y recuerdo que llegó a casarse, no con el tipo que vino después de mí, justo después de mí, sino con otro. Vi fotos de ellos, la paisa una vez me las mostró, como por maldad indefinida. Parecían esa gente que sale en las revistas, en las últimas páginas, ella con las pestañas largas como puentes y él cuadrado como caricatura, muchas flores todas blancas inmaculadas, gente sonriente, faldas cortas.

Yo vuelvo a mi buseta, siempre tarde, no porque me guste terminar de cuadrar el local sino porque el local vacío es casi el mejor sitio para estar y para coger la buseta vacía (¿ven?: vacío es bueno para el tipo del pescado en la garganta), hacerme en un puesto con ventana, abrirla y sacar la cola, sentir el viento húmedo y ver a la gente esconderse de la lluvia que vuelve a empezar.

2010/09/26

Esbozo de testamento

Aquí me quedaré. El último tramo es oscuro pero eres luz. Gracias por tu fuerza que me ha traído a este punto.


Toma mi agua, tú la necesitarás. Sigue cuando sea prudente. 


Reza y olvídame pronto.

2010/04/02

Días después

Difícil de explicar pues nunca ocurrió –el árbol que cae en el bosque y su sonido mudo–. Creo que he soñado. Desperté, caminé. El sueño invisible –inaudible bosque en el que no estuve– luego floreció. La fruta, más tarde, fue pesadilla.

Delirio de fuego azul –“ese azul que los ingleses llaman gris”– en medio de la falsa noche. Vanas palabras, inconsciencia. Feliz ignorancia del que sueña solo: Aves del paraiso que son casuarios con el alba. ¿Fue un disparo aquel relámpago? Perdido proyectil, ¿cuál fue tu andar? ¿Dónde estuviste tan largo tiempo?

Si he muerto, que sea esta la última vez.
La razón material engaña a cualquiera. Matar o herir sería la disyuntiva de la razón final, ¿y qué con ello? No hay sujeto en la oración, sólo complemento directo. Álgebras de palabras ante la tempestad.
* * *
Ruinas han llegado. Gris polvo. Ceniza eterna.
Mil responsos al aire y tanto dinero a las plañideras.
Ajeno es el que se entrega.
–Sobre devuelto al destinatario.–
El folclor debe tener un demonio hueco que ronde la nada.
Aunque no habría razón para que esta sombra visitara lo humano.

* * *

Y allí, una sonrisa. Una sonrisa que no es, que se miente a sí misma. Se llama sonrisa igual que una daga puede llamarse flor. Reír: ¿qué es tal actividad? En su sabiduría infinita, el demonio ríe; el mono [Pan sp.] ríe con un fin que es otro al nuestro; la Luna cambiante ríe a veces al poniente; monjas muertas ríen ante tristes dolientes; por alguna razón inaccesible ríen los bebés. Los signos de Mohenjo-Daro siguen perdidos en el tiempo, nada fuerza a que un signo actual no desaparezca en la misma forma. Hoy esta inmensa roca es hito, luego lindero o lápida y después seguro vuelve a ser canto.

Y al fin, siempre al fin, polvo.

2009/04/12

El mal

El mal tiene caras y fauces. Los mojigatos crean máscaras y creen luego que allí habita el mal. Yo no le conozco, no más allá de su sensual voz, aquella con la que me hala hacia el desprecio de lo humano. Sé, por la vivencia en el mundo, sus historias y he visto los sangrantes restos de su paso.

Imaginar podría que su forma contiene tristeza y rencor, pero haría como el perro de Pavlov, creyendo que la carne emite campanadas. Gustaríame más, mucho más, fortalecer la mitomanía de tornarlo persona: decir que a su paso el Sol se dobla y bajo su sombra se gestan holocaustos[1], que su mirada alberga pecados contados en números primos, que tiene garras para segar la verdad y colmillos que hunde en carnes vírgenes para engrosar su dolor.


En tono fabulista mentiría que es una semilla a punto de germinar, lluvias de negra voluntad le permiten enraizar en el poder del hombre y fructificar.


O, cínico, admitir que es una eficaz herramienta, el apoyo para el tempo duro, la manera que hace posible cruzar el umbral, la fuerza que falta y llega cuando otras se rezagan o resignan.

*[Relleno]*[Relleno]*

El mal es cínico también y ser ríe de ti. Ahora y entonces. Mi Lord ordena explicar que no está afuera. No. El ser con patas de macho cabrío ya no ronda los bosques ni los caminos. Duerme contigo y lame tus genitales. Cuida que te laves los dientes y te recuerda, al oído, que eres nada. Acaricia a tus hijos con tus manos y te folla mientras esperas que el semáforo cambie.


No habita en tu corazón ni pone placas lípidas en sus arterias. No juega póker con dios ni le interesa ganar tu alma (tú no tienes alma). Y tampoco le importas a dios porque, es obvio, no existe tal cosa.


Tampoco creas, estúpido, que eres el mal. Ni que tienes control sobre él. Menos aún que puedes hacerle frente.


*[Relleno]*[Relleno]*

Intenta obrar bien, caerás.

Obra bien, herirás.
Maldice, corrompe, destruye: no habrá recompensa.
La fe timorata y ciega no es luz.
El sacrificio irreflexivo es tontería.
La moral es imposible.
¿Belleza, gozo, pureza? Luces fatuas que emana el pantano.
¿Dolor? Es la naturaleza.
Las tinieblas no vendrán al fin: Siempre ha estado oscuro todo.

*[Relleno]*[Relleno]*

Mi Lord es quien forja las esperanzas todas, son éstas barras incandescentes para reconocer su ganado. Tú cargáis sus fierros ardientes de un lado al otro y así marcáis tu lomo. Obediente nada eres.


Bienvenido al hato, si no es de vuestro agrado, id, seguid a los ejércitos de taumaturgos hasta hallar en su número uno que concuerde con vuestro furor. ¡Atento!: que el credo se escoge según el tono de vuestro desprecio. No para contrastarlo, sino como énfasis y acento. En ninguno se os pedirá —en todos se castiga— que robéis, violéis, mintáis, matéis; nada de qué preocuparos, de otras formas prestáis servicio a mi Lord.


Multiplícate.

Cría a tu vástago, eso bastará. Da eso que llamas amor. Sí: ama, ámalos a todos, ámalos tanto como puedas. Tú sabes cómo. Ámalos hasta que no puedan resistirse. Sé tú mismo, entrégate así como te has hecho, fiel y noble súbdito, continúa siendo como eres. ¡Derrocha en amor! ¡Emana tanto amor como puedas! ¡Que tu amor se desborde e inunde!, ¡que arrase y barra!, ¡que lo cubra todo! ¡Que lo anegue todo!

*[Relleno]*[Relleno]*


Uno ha caído contra el asfalto de su destino antes que cambie el rojo que te detiene. Sangre. Silencioso, aguzado, sigues el rastro de la destrucción. Es tu forma favorita de espectáculo. Sangre, ¿cuánta más puede haber? Deseas —ansioso, excitado— más. Las alarmas suenan y tú huyes. No eres heroico, no eres culpable. Salvar el pellejo, luchar otro días más, te consuelas.


¿Cuál pellejo? ¿Cuál lucha?


¡Ah, sí!: Tu vida.


¿Cómo olvidarla si es el epicentro del drama de la historia del Universo? Sigue con ella. Olvida las pesadillas. Duerme bien. Cuida a los niños. Lávate los dientes. Y mañana, cuando vuelva la sed del espectáculo, cuando te abandones y te entregues, no aprietes tanto el culo, ni finjas pudor. Tú sabes que te gusta.


[1] Me refiero a las masivas matanzas, movidas por el orgullo y la pasión cebada, y conservo el término solamente para ofender a sabios de artes sacrificiales.

2007/12/04

Ceniza

Hace unos días algo pensaba en una rima falsa y tonta que recorre sin gracia el siguiente camino:

Como las cenizas recuerdan las llamas que han sido
conservo de tus labios un recuerdo tibio
venido de los días previos al estío.

Cita que no hace mayor diferencia, así como eran cenizas de pensamiento, estas palabras seguirán siendo cenizas de cualquier otro tipo, posiblemenente de uno inaudible y no visto. Escribir es un acto vano de fe en el milagro de la lectura o un hecho natural simple y tan plano como el barrer las birutas de polvo que el aire ejecuta más por consecuencia secundaria que por su vuelo espiritual.

Ni labios, ni llamas ni estío. Argumento y símbolo aquí son la ceniza.

2007/10/06

Signos de relación

No más que yo
Relleno quieres,
tanto más
Relleno dudas,
igual -¡y cuán distinto!-
Relleno disfrutas

estos cálculos perdidos.

2007/09/01

Versículos perdidos

En el reposo Divino, la contemplación Omnisapiente materializó en el Árbol de Lehebel toda su potencia e inmanencia. Aquella Santa Ensoñación informó los seres otros que guardan también el Hálito Divino. Amó Dios a las otras criaturas, figuró su futuro y les dio por lugar el Árbol. Una vez comieron Adán y Eva los frutos de aquél lo mancharon de temor y orgullo. El poder del hombre, imagen y semejanza, cambió así a las criaturas de Lehebel, siendo unas de luz y otras perdidas. El Creador ordenó que un Arcángel diera a los hombres su castigo, el dolor, el andar y la muerte, mientras Él puso a las criaturas manchadas en simas, bosques negros, abismos y mares ocultos, para que rondaran esos parajes según su ser. Una vez vacío, el Árbol se secó y desde entonces el Saber del mundo está disperso.

2007/08/06

La Moribunda Tarde de los Parias


Como parias sabemos qué es afuera, cuál es la salida y dónde está la puerta. Así mismo, somos quienes cerramos luego de pasar algún rato en los reversos simétricos de lo antedicho y de atravesar el umbral, y antes de que aquellos constantes envíos de palacio (pestes, flechas, edictos, maledicencias) caigan dentro de nuestros fardos ya de por sí pesados.




Lamentablemente, desde un punto de vista subjetivo y trascendente, no sabemos, no podemos, no sabemos si podemos revertir la transfiguración mística del cierre estruendoso del portón. Ayuda en esto el hecho de la ausencia de pomas en el exterior de la puerta y los cientos de fallebas que automáticamente aseguran el cierre definitivo de la misma. Debemos, pues, esperar que desde el adentro vengan a abrir, movidos por el olvido de nuestras existencias (que nuestra sombra insiste en repetir por los antros), la conmiseración tardía, la vergüenza prudentemente calculada o, con mucha más frecuencia, el incendiario e incesante rencor, rencor inexplicable además si se piensa que es más lo que hacen a nos que los que nos a ellos.




Puede que no sea destino, léase, un necesario histórico, estar en adentro, pero nada llama más a la conciencia colectiva del colectivo agraviado que una posibilidad que resulta, si es válido decirlo, imposible. Se le antoja a la Historia que hagamos lo posible, opción perjudicial para nuestro andar. Lo que nos piden es posible (tangible) pero indigno, así que hemos de abandonar lo posible (lo real) por la dignidad (o indignidad) de desear lo imposible (lo sublime): ser enteramente nos. Quizá por eso digan que huimos, pero la verdad es que escapamos, es decir, nos vamos para seguir siendo, aunque para nos es sólo andar.




Suele que andemos juntos, lo que no es una característica propia, y ni que digamos esencial, sino una tragedia que tememos no optar por resultar tan provechosa para la ridícula superstición del más inepto. De hecho, las más de las veces, nos congregan fuerzas claras y discretas que actúan también sobre la polvareda, las piaras y la viruela.




Nos conocemos desde lejos aunque nunca las historias de lo particular nos hayan juntado en el mundo de la experiencia sensual, sensorial; no por luces ocultas en las pupilas, no por colores de auras espectrales, no por signos místicos empotrados en carne o nimbos, no por loas ancestrales clavadas en la eternidad del viento, sino por otro atributo más empírico, pueril y verídico: la repetición exacta hasta el aburrimiento de los olmos de la renquera asimétrica y disfónica de la extremidad inferior siniestra.




Por esta causa, consecuencia y condición, cuyo origen ya es de todos conocida, y por tanto no me extenderé en su explicación, reconocemos entre los patéticos gemidos de la villa aquellos que vienen de uno de nos, y este reconocimiento fuerza atención similar a la que el trueno obliga en el can acobardado; dependiendo de cada cual en su juicio, salud y posición la disyuntiva actuar o escapar. La acción, o el rescate, es lo mismo entre nos, está limitado: las autopistas, los noticieros y los banquetes están reservados. De este modo, corresponde, según los principios heurísticos, la vía de a pie, que está compuesta por portezuelas, callejuelas, mujerzuelas, suelas, hojuelas y anzuelos, flotantes, estrechas, disipadas, gastadas, melancólicas e ineficaces, en ese mismo orden. O en otro.




Mayoritariamente vamos por desagües, ya en creciente, ya en menguante.




Recurrimos también a, recorremos también cunetas, drenajes, zanjas, canales, cloacas y (rara vez) gárgolas, si es que se topan en nuestro descenso no dirigido pero si sesgado a nuestro antojo. Es obvio que de este modo (escorrentía) no siempre llegamos a donde queremos (si ni siquiera podemos asegurar que llegue quien quiere llegar, no podemos asegurar que se llegue a algún lugar que resulte querido o amable) sino que en general rodamos hacia donde rueda grumosa y se acumula al fin la mierda (con la cual se nos suele confundir para que así nunca se revelen –¿rebelen?– los atributos inherentes de nos), pero a falta de dispositivos mejores, más lustrosos y mejor calibrados, los resultados se nos presentan asombrosos.




En medio de tanta incertidumbre sobre el movimiento de nos, hay dos asertos seguros. El uno es ya de renombrado reconocimiento, que festejamos cada pírrica no-derrota así como se celebraría el triunfo de Diógenes, con monumental asombro y lágrimas de esperanza.




El otro y quizás tautológico es que se llega tarde: nuestro tiempo es robado o bien de segunda mano, y en uno u otro caso ya viene gastado e incompleto: el ser paria es llegar tarde. Y tarde para nos es muy tarde, es decir, fatal.

2007/08/02

La historia romántica, dispersa y vaquera, de las comas, explicativas, enumerativas, que surgen, a veces, de más, y se quedan, certeramente, allí.


Estas, en serio, son, my son, dijo, queriendo decir hijo mío, al hijo suyo, suyo de él, tentaciones inmensas, e inmenso fue el horizonte que sus ojos, inmersos en él, pintaron, tentaciones inmensas, repitió en su pausado hablar, que se presentan como serpientes, diamantinas, escamadas, y silbantes, tentadoras, escondidas en maleza, maleza ellas a su vez, y debes, dijo al hijo, mientras ellas, la mirada y la voz, surgiendo urgentes, le mostraron toda la turbación al joven, expectante, saber cómo, cómo y cuándo, su veneno, ya probado por el viejo, en aquella incierta, confusa situación de tiempos, bellos y eternos, pero ya lejanos, debes, siempre que puedas, afirmó sin pasión, pues sabía que él mismo no lo había logrado, en el instante, fugaz e imborrable, de batir en duelo a su destino, pero con esperanza, ya que la voluntad del joven, agitada como los mares con el huracán, arremolinada e imparable, podría enfrentar con mejor suerte, esa suerte que le fue adversa, la tarea severa, evitar, evadir con gracia, cual gacela pintada por mano diestra, de genio pintor, de maestro creador, cual gacela rampante, de lejanas tierras ignotas, tierras bellas, al, y aquí hizo una dramática pausa, ocuparte, sentenció con la voz del trueno, herencia incuestionable del linaje, legado de la vida en el continente, de, y exhaló al fin, como quien muere, escribir.

El amor

Yo recomiendo el amor, para que mueras por él cada instante. Ama a diestra y siniestra, ama con ardor, con pasión, con todo el ardor del v...