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2011/12/18

Nota última

Mis estimados entes del pantano, no quiero preocuparlos, pero una terrible amenaza se acerca. No la conozco y no sé qué podría pasar en el futuro. Es solo la vibración nefasta en los bigotes, el tacto raro bajo las patas, el sol con su luz raída. En el trote intenso veo certeramente que el cielo se muestra inconsistente; la tierra hiede y el lodo hiere. El sonido carga llantos y sollozos más que nada. La madriguera siempre nos mentirá su calor, tan lejano a la noche espantosa de las eras.

Los ancianos lo dijeron y lo olvidamos. Hoy vienen los recuerdos. Mañana tal vez seremos recuerdos. No digo que huyan, pues no veo razón en ese método. Nada nos queda en el mundo que no esté sumiéndose en la catástrofe. Los colmillos que traen la muerte están aquí.

La voz de la gran madre dice entre mis orejas que cuando venga la oscuridad, cierre los ojos. Hoy los cierro por lágrimas y no creo que vuelva abrirlos, el destino todo ha llegado hasta aquí.

2007/09/01

Versículos perdidos

En el reposo Divino, la contemplación Omnisapiente materializó en el Árbol de Lehebel toda su potencia e inmanencia. Aquella Santa Ensoñación informó los seres otros que guardan también el Hálito Divino. Amó Dios a las otras criaturas, figuró su futuro y les dio por lugar el Árbol. Una vez comieron Adán y Eva los frutos de aquél lo mancharon de temor y orgullo. El poder del hombre, imagen y semejanza, cambió así a las criaturas de Lehebel, siendo unas de luz y otras perdidas. El Creador ordenó que un Arcángel diera a los hombres su castigo, el dolor, el andar y la muerte, mientras Él puso a las criaturas manchadas en simas, bosques negros, abismos y mares ocultos, para que rondaran esos parajes según su ser. Una vez vacío, el Árbol se secó y desde entonces el Saber del mundo está disperso.

2007/08/06

La galleta de fresa

Ha llegado la hora del almuerzo. La tarea de fijar las vigas I de este futuro rascacielos, se convirtió en cosa de locos desde que el gato y el ratón se corretean entre las mezcladoras de concreto, los pernos y nosotros, los trabajadores neoyorquinos de la construcción industrial de los principios del siglo veinte. Me intriga tanto el tono gris de ese gato como el marrón imposible del ratón. No parecen más que dibujos. En fin, yo tengo en la lonchera un almuerzo que espera. Devoro lo sólido y despacho con celeridad esa materia líquida que imita, sin lograrlo, las cualidades del jugo. Un descubrimiento inesperado me alegra: un paquete de deliciosas galletas. Procedo a destaparlo.

Apenas se asoma del paquete, la galleta muestra su rosado rostro de descontento y me dice que “No podía ser peor. En verdad que eres un imbécil de primera”. Lleno de ira (aunque estamos de acuerdo en lo básico del postulado) la muerdo con fingida cara de neutralidad. La maldita decide entonces causar problemas y se aloja en eso que los hombres serios llaman epiglotis, o un poco más arriba.

Con las manos en la garganta (como buscando el cierre de la cremallera) descarto mentalmente mis opciones. Me agradaría gritar por ayuda, pero si pudiera, sé que el mundo hallaría una forma de evadirme. Supongo que estar a decenas de metros sobre el mundo de los corredores de bolsa es una excusa que indudablemente esgrimirían. Claro, nadie hablaría de la molestia de arrugar sus gabardinas ni de exponer sus portafolios al abandono citadino. Descubro, pues, que la asfixia da tristeza cuando no tienes amigos que te aprieten el abdomen y más aún si Tomás, el gato, pasa saltando en un martillo neumático con cara de desesperación.

Caigo de costado, del lado derecho, creo. Lo importante es que caigo sobre una viga en vez de caer al vacío. Por supuesto, no iba a morir por una caída, el mundo no es tan amable con nosotros los simples. Algo eléctrico en mi espina me hace quedar arrodillado y con toda la fuerza de mi vientre empujando la lengua. Al borde de explotar por la presión, cuando ya veo nublado y con manchas negras, distingo con dolorosa certeza otra galleta que se ríe de mí a carcajadas dentro de su plástico paquete.

Ya no siento nada, no siento mis manos, ni la penetrante melancolía que me trajo hasta aquí, ni la indignación de los Rockefeller por la obra de Diego Rivera, ni la futura depresión, ni la presión de la mafia italiana, ni el ansia por un fonógrafo, ni siquiera intriga por el placer del opio. Ahora sólo están en mí el dolor profundo dentro del cuello, el sabor a babaza, el dolor de los pulmones y el cansancio de toda una vida de mil caminantes en mis molidos músculos.

Supongo que moriré y vendrán impagables deudas sobre mis deudos. Aunque de momento no recuerdo ninguno. Creo que así es mejor. Me intriga qué dirá mi casera, Gloria. Nada, creo; ella nunca habla. ¿Y mi capataz? Seguro que el sí distingue mi cara y mis habilidades. Pero ya no importa, así como tampoco importa si esos animales son reales. ¿Cuánto de esto será un sueño de alguien más? Ojalá todo, así no tendré que preocuparme si aquella reía por su estupidez o su crueldad.

2007/08/02

Gentes de la gleba en apoteosis

Luego de tentar a Eva, y cuando el Arcángel empuñaba en otra dirección la llama de la justicia, la serpiente envenenó a una rata que le interrumpía la huída; con el veneno ardiente también murieron las pulgas que otrora fueran el tormento de la rata y con esta muerte, se dio además la tragedia de las garrapatas que vivían de las pulgas y los ácaros que desangraban a éstas.

Es de saberse que a estos seres microscópicos también los acosaban otros parásitos todavía de menor tamaño que resultaron muertos, pero lo que nos interesa es que en el ojo izquierdo del más vil de los ácaros en agonía, una lágrima de ardor desplazó una viruta de polvo infinitesimal en que vivía con su familia y la familia de su esposo una termita de género miserable que vio como la totalidad de su universo era arrojada con ella adentro contra otro universo llamado piedra de obsidiana. Esta casualidad, para ella un catastrofismo de magnitud enciclopédica, ocurrió con tal coordinación que el veneno demoníaco apenas hizo daños leves en la termita (un sarpullido abdominal), a pesar de que éste llegó a devastar del todo al resto de la demografía de la viruta en cuestión, que –créase o no– albergaba en distintas proporciones a ciento setenta y cuatro clases de bichos de distintas pequeñeces.

La termita resistió el choque contra la
rojiza piedra volcánica. El golpe la privó de la habilidad de desplazarse y destrozó sus intestinos. Pero como era saludable y había almorzado bien, logró sobrevivir con plena conciencia ochocientos cuarenta y tres mil quinientos sesenta y ocho años (contados según la tradición de la viruta), y tres meses y medio de un silencioso estado comatoso profundo.

En este trance, en que su lesión mutaba en extinción, invocó al Justo y Bueno por la clara, contundente, honesta y completa razón de su muerte. Éste sabiendo el cuando de su adiós final y sabiendo –por supuesto– todo lo demás, incluyendo las habilidades interpretativas de la termita y las calamidades que debía atender o generar luego de consolarla, le dijo ‘Expulsé un demonio’.

El amor

Yo recomiendo el amor, para que mueras por él cada instante. Ama a diestra y siniestra, ama con ardor, con pasión, con todo el ardor del v...