Apenas se asoma del paquete, la galleta muestra su rosado rostro de descontento y me dice que “No podía ser peor. En verdad que eres un imbécil de primera”. Lleno de ira (aunque estamos de acuerdo en lo básico del postulado) la muerdo con fingida cara de neutralidad. La maldita decide entonces causar problemas y se aloja en eso que los hombres serios llaman epiglotis, o un poco más arriba.
Con las manos en la garganta (como buscando el cierre de la cremallera) descarto mentalmente mis opciones. Me agradaría gritar por ayuda, pero si pudiera, sé que el mundo hallaría una forma de evadirme. Supongo que estar a decenas de metros sobre el mundo de los corredores de bolsa es una excusa que indudablemente esgrimirían. Claro, nadie hablaría de la molestia de arrugar sus gabardinas ni de exponer sus portafolios al abandono citadino. Descubro, pues, que la asfixia da tristeza cuando no tienes amigos que te aprieten el abdomen y más aún si Tomás, el gato, pasa saltando en un martillo neumático con cara de desesperación.
Caigo de costado, del lado derecho, creo. Lo importante es que caigo sobre una viga en vez de caer al vacío. Por supuesto, no iba a morir por una caída, el mundo no es tan amable con nosotros los simples. Algo eléctrico en mi espina me hace quedar arrodillado y con toda la fuerza de mi vientre empujando la lengua. Al borde de explotar por la presión, cuando ya veo nublado y con manchas negras, distingo con dolorosa certeza otra galleta que se ríe de mí a carcajadas dentro de su plástico paquete.
Ya no siento nada, no siento mis manos, ni la penetrante melancolía que me trajo hasta aquí, ni la indignación de los Rockefeller por la obra de Diego Rivera, ni la futura depresión, ni la presión de la mafia italiana, ni el ansia por un fonógrafo, ni siquiera intriga por el placer del opio. Ahora sólo están en mí el dolor profundo dentro del cuello, el sabor a babaza, el dolor de los pulmones y el cansancio de toda una vida de mil caminantes en mis molidos músculos.
Supongo que moriré y vendrán impagables deudas sobre mis deudos. Aunque de momento no recuerdo ninguno. Creo que así es mejor. Me intriga qué dirá mi casera, Gloria. Nada, creo; ella nunca habla. ¿Y mi capataz? Seguro que el sí distingue mi cara y mis habilidades. Pero ya no importa, así como tampoco importa si esos animales son reales. ¿Cuánto de esto será un sueño de alguien más? Ojalá todo, así no tendré que preocuparme si aquella reía por su estupidez o su crueldad.
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