Me gustaría, a la larga, terminar de enloquecer. Este punto intermedio con titubeante gramática y restos de decencia, no es tan útil a la paz del alma. Cuando el fonambulista da el primer paso, sabe que no hay vuelta, solo adelante. Este camino, en cambio presenta unos retrocesos dolorosos, en los cuales se descubre que miércoles no es el tipo de sustantivo que uno agrega a una ensalada, aunque haya dicho días atrás, el martes, no el miércoles, haberse comido una ensalada con eso aderezado; o descubrir que esta rígida forma es una mancha en la sombra cósmica de un jaguar perdido, no la constitución de un país o la ley gravitatoria.
Debe ser maravilla volver al pañal y la neonata inocencia de la ausencia de palabras, no tanto por abandonar el intercambio monetario o el trabajo esforzado, sino por la dilución de los conceptos.
La felicidad de la locura viene tras muchas fronteras rotas, estando en solo algunas es mucho el cascajo de vidrio roto lacerando los signos. Dan fiebres y bajadas que intentan recuperar la oveja perdida, mundo de pastores, mundo de ovejas pastoras, hacia el fuego del hogar. La oveja renegrida no se ha perdido, está fuera de sí, no está en sí, pero no hace espuma.
Largo trecho para dejar, para cortar el hilo de Ariadna ovejuna en el laberinto de otro que no es el minotauro, uno que es el niño esencial de Nietzsche o de las fantásticas historias.
Mientras, seguirá el ejercicio de la discreción y la contención, cobardes apariencias sin gracia del tipo sin carácter, el prudente cuidado de la norma ajena y el culto por la claridad y la rectitud del pensar. Sí, antes de que se pueda perder, la claridad del pensamiento es agobiante y nada más triste que un cuerdo a medias. El demente a medias ya ha logrado algo porque va en el camino de su perdición; el cuerdo a medias está perdiendo lo que creía tener.
La verdad no hay cuerdos, solo crédulos. Los incrédulos buscan y tienden a perderse. Los incrédulos perdidos: el batallón heroico de las almas camino a la locura.
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