2011/04/05

Mi balada (ahora más agridulce)

Talante y, en menor proporción, talento me faltan para dar forma, brillo y color a las baladas agridulces que tus ojos han regalado a mi vida. Tú ya sabes que le agrego mieles y hieles a mis días, por si no hubiera suficiente contraste en el universo, así que no niego nuestros desencuentros, que amo también, y por tanto digo agridulce; mas lo que antes fluía como torrente de montaña virgen, ese parloteo altisonante, curioso y azaroso, ya se va quedando mucho más en el interior oscuro de mi cráneo, escapando en mínimas gotas que ya no altisuenan ni sacuden, cuando eso es lo que deberían hacer para esta tarea, misión, propósito que habría de ser una balada y nada más. 


Si no fuese ya bastante con eso, ando con un corazón tartamudo hace mucho rato, de esos impulsados a manivela, que no solo se enreda en decir mil cosas antes de decir lo que tendría, hace ruido escandaloso por sus oxidados mecanismos y se nota cuando anda, porque se le escapan manos y besos. De esos corazones de modelos viejos, difíciles de manejar: Nada de frenos ABS, inyecciones computarizadas ni de direcciones asistidas en este escaso y aún fornido bombero de sangre. Claro que sí tiene unos cómodos e incluso lujosos espacios interiores, finamente manufacturados, que ahora me gusta tener dispuestos para ti y descaradamente confieso fueron dispuestos para otros residentes ocasionales que no los supieron disfrutar. 

Él y yo nos jalamos mutuamente por las calles rotas, el asfalto gris y (ahora) los arcoíris que tú nos dejas ver cuando las frecuencias de tu luz se separan en colores hermosamente diferentes; cuando nos logramos entender hacemos charla agradable y antes deshacíamos los caminos de la razón. Como si hubiéramos envejecido juntos, nos entendemos ya bien, por lo que no nos perdemos en esas infinitas deconstrucciones de la vida cotidiana, cosa agradable para el fluir maquinal de los días de laburo y triste para el arte de sacudir tus oídos con locuras que encuentres bellas o, si no, cautivantes. 

Trabajadores e industriosos, burdos toneles de te-amos apilamos para ti, en las puertas y los umbrales que nos unen y separan; bidones que apestan, hieden, a millas se los percibe, infiltrándose en las moléculas de seda de tu pelo, en tu casi frutal piel, en los hitos del día –chocolates, llamadas, letras que vuelan por fibras de cobre y ondas de encanto, besos que caóticamente derramo en tu cuello– sin que la gracia nos apoye, al menos no otra que la gracia tuya. Un observador atento, de esos en vías de extinción, podría notar algunas trazas de grandes te-amos que han quedado regados por ahí y rastrearlos hasta nuestra honesta y desvencijada fábrica. ¡Bienaventurada la humanidad, tan ciega a lo que no le es mostrado con una flecha colorida! Mientras se niegue a ver, podré ocultar piedritas que guíen el camino a la balada perdida del que perdidamente ama. 

Cuanto más tentador, así, plantar pequeñas flores en el camino de tu hogar, donde puedas verlas y recordarme. O de pequeños retratos de las sonrisas tuyas, que también son mías. 

Recurriendo a una fórmula, requeriríamos de un joyero para hablar de tu sonrisa, no de este herrero arrugado: hace falta alguien que nos pudiera transferir o que emulara con calidez las palabras que brotan de tus labios. En su ausencia y con nuestros limitados recursos usaremos un cartógrafo para mantener el inventario de tus maravillas. 

Uno que equipare con una gesta descubridora los días consumidos tratando de llegar a la estrella magna de tus ojos, que en las noches y los días brilla invariablemente bella; que cuente las jornadas de asedio tras las barreras de tu fortificado misterio durante las cuales ejércitos de juglares se turnaban para cantarte zalameras danzas y almibaradas parlas, y varios comandos camuflados lanzaban besos incendiarios en misiones encubiertas tras las líneas de resistencia; que relate los viajes y caminos de exploración por ardientes trópicos, sus flores y glorias, sus jornadas y requiebros, pues toda exploración carece de mapas con equis y abunda en pasos dubitativos; en su misión corográfica necesariamente tendría que deleitarnos con nuestra gastronomía lingüística, ese fluir dulce, crocante, cautivante y nutricio del discursar, del parlar; una película en blanco y negro con gabardinas, cafés oscuros y notas secretas en hoteles olvidados recopilaría dentro de su viaje relatado nuestro cartógrafo bohemio, como prueba silenciosa de esa humana geografía con tintes de misterio que menciona sólo en la forma pintada por sus bordes curvilíneos. 

Y así se multiplican al infinito las tareas del cartógrafo sin que haga mucha mella a su propósito original de cantarte. Si fuera yo, fracasaría la misión por ocuparme en la única y absorbente tarea de seguir tus movimientos: pasos imperiales, saltitos encantadores, giros de cuello dramáticamente tentadores, bailes sensuales. ¡No, cómo resistirse a ese glorioso evangelio! Glorioso pero al cual renuncio para disolverme y entregarme en ti en el rito de cada beso que debiera ser eterno; así que ayudémosle con hiperbólicas tareas líricas: Revivamos a Shakespeare, y pidámosle otro centenar de sonetos, insuflemos el buen amor del arcipreste, las saetas del buen Lorca y los tercetos de Machado en un cono de helado de frutas silvestres… 

Digamos, simplificando ya para terminar la retahíla, que mejor prueba encontrarás, tanto más clara, tanto más cotidiana, en estos tus ojos admiradores, atados a ti como girasoles y un poco más abajo la honesta, pura, inocente, permanente sonrisa que me causas. Pero ¿qué balada es esta, mundana y egocéntrica? Es la que se siente desde esta, mi costa de nuestro amor, apoyados los codos en el alféizar de la ventana feliz que me deja verte cuando el sol del atardecer se funde en un velo de estrellas y te revelas profunda, esencial: perfecta.

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