2015/01/22

Esbozo de declaración de amor a las viejas locas (2)

Algunos compartirán esta mitología. Como todas trae su propia estructura. La vieja loca es uno de los seres esenciales del universo, fruto de un amor tormentoso entre los dioses del caos y la luz, dada a luz en los bosques y enviada por demonios a crecer en grutas. Bien puede ser la hija de los demiurgos del orden, hija de la prana y el dharma, si se lo quiere. O es la hija predilecta de un linaje de seres humanos dedicados a la bonhombría por los últimos milenios, que  ha nacido como mujer y la vida la ha llevado a encontrar cada uno de los aburrimientos y premios cotidianos; niña, adolescente o mujer adulta que un día plano entre dos felices celebraciones, con el sol de un día claro y olor de flores, en medio de labores que no son más sorprendentes o extraordinarias que las del día anterior, tal vez después de una merienda, vuelve a ser dada a luz por el universo a través de un grito enorme, imparable, de bestial primordial, el grito que el cielo daría si le fuera concedida la voz, un grito que ella está lanzando de repente, de la nada y de la forma más inesperada. Es irrelevante si el grito viene del pedernal que bordea con los mares de magma, de la sala de espera del odontólogo, del baño escolar ( ... tanto qué decir... ), de una multitud bailante en un bar o un concierto, de la habitación materna, de ese tercer tercio de la altura de una antena repetidora en un valle perdido o del jardín selecto de Zeus, este grito marcará la vida de la dichosa vieja loca. Será su hito de nacimiento. Si hubiera de cambiar el nombre, ante los Estados, Gaia, Vishnu o la Pacha Mama, lo cambiará en función de esta declaratoria de diferencia frente al universo.

Quienes comparten el mito, saben que es un camino yerto averiguar que a causado el grito. Algunas lluvias hacen que las crisálidas se abran, otras que los escarabajos salgan de la tierra, un tiempo arbitrario marca algunas migraciones, son los movimientos de objetos celestes los que hacen marejadas, una tensión insoportable trae los terremotos y a veces la brisa trae la sonrisa. El grito llega por caminos curvilíneos y asombrosos, historias en sí mismos, pero atado a una determinación difícil de ubicar.

Luego de este, la mayor parte de los idiotas que la rodean creerán que la metamorfosis ha terminado. Error brutal. Torpe. Si a alguno sirviera de aviso, si estuviera uno cualquiera (u otro cualquiera) cercano al grito de la revelación, debería saber para salvar su vida que no está terminando ningún cambio interno. No. La vida de este ser que ha nacido, insisto e insistiré, de esta nueva persona que se presenta, no va a tener atadura lógica o histórica con la mujer que fue antes, pero (y aún más importante) no ha terminado de presentar un exterior reconocible y con el que se puedan establecer un contacto seguro. Esta es una nueva amiga, enemiga, vecina, hija, ¡lo que sea!, que cruza por una fase inestable, explosiva, mortal. El peligro que implica no depende de lo que fue, sino de lo que está por comenzar. No es la hija loca, estas son otras; no es la vecina loca, estas se las distingue; es una vieja, una vieja loca.

Despojarse de cada una de las capas que engañosamente la unen con ese otro ser que nunca fue o que de modo misterioso tuvo posesión de su cuerpo, tardará algunos breves y fuertes espasmos sociales que retumbarán por toda la ciudad. Se la mencionará en los periódicos o en las reuniones familiares siempre con tono de preocupación parental, con un dejo de cuidado ingenuo.

Con simpleza, podemos buscar un tatuaje (esos fantásticos símbolos del todo y la nada), o un tinte de pelo (al rojo, al verde, al azul, al cian, al blanco, o al negro o el castaño o el rubio si esto fuera contrastante), un libro en particular (ese libro, ese maldito libro, esa puerta al infierno que se condensa en ese maldito libro) (fuere cual fuere el susodicho libro), la fijación por los libros (¡la maldita perdición de los libros!), la huella de la música o sus dimensiones (náyade tentadora, energía que demuele) o la afiliación a una moda notoria y electrizante. Hay algo de esto, pero no tendrá sentido fijar marcadores en la niebla. A la locura no se la define con una malla para ganado. La metamorfosis puede tener todas las caras del cambio. 

Esta parte de la historia se cuenta como la destrucción de los mundos. Habrá quienes sobrevivan para contar una historia incompleta. Dirán que vieron explosiones, que hubo insultos, llantos de estos, de aquellas y de ella, que en el atardecer partió. Que su destino fue proclamado con ensordecedores gritos o con el más cortante silencio. O que solo se sabe que abrió la puerta y la azotó al salir.

Aquellos que se dieron por sus seres queridos, aprenderán a vivir con la idea de que algo les ha sido robado, y que les han entregado esta vieja loca como el gato por la liebre.

Algo han perdido, pero pueden saberse afortunados y ver nuevos días.

Esbozo de declaración de amor a las viejas locas (1)

He sufrido varias veces de misoginia inducida por viejas locas. También he contemplado no consumir ni una gota de alcohol más en la vida, en muy específicas condiciones de un amanecer tortuoso. Una cerveza (fuerte o suave), la luz tentadora de un destornillador, la venenosa dulzura del ron, la distinción whiskey, todas vuelven a aparecer y ¿cómo negarme? He aprendido, eso sí, que no superaré nunca más una frontera específica luego de aprender la diferencia entre cuándo el alcohol es placer y cuándo veneno. Así mismo, podría asegurar que puedo ver la diferencia entre algunas sicopatologías y una específica locura, que me ha llevado a perder por años el feliz toque femenino en mi vida, por lo que creo poder evitar misoginias mal puestas con el solo cuidado de no meterme nunca más con ninguna vieja loca.

Obviamente, o no tan obviamente, las viejas locas no contagian la misoginia, puesto que solo algunas de ellas la portan como una de sus patologías. Lo que ha ocurrido es que luego de la feliz ebriedad de su forma de locura, queda el residuo casi mortal de su recuerdo -cuando no quedan heridas por sanar, procesos judiciales que requieran abogados, el aro de unas esposas que debe romperse en alguna ferretería amiga o el solo temor de su reaparición.

Para sobrevivir, alguna vez he confundido a "las mujeres" (V. infra) con las viejas locas, he ahí el error: la generalización. No todas las "mujeres" son viejas locas (pero algo intuitivo me permite decir que todas las viejas locas son de tal forma que se las puede clasificar como "mujeres"). No me disculpo, solo me explico cuando digo que para escapar del riesgo de más viejas locas, preferí prescindir de toda la 'categoría' que las incluía. ¿Alguien alérgico a los taninos?: tal vez prefiera dejar todos los vinos de lado, así sepa que solamente una porción tiene la perversa vocación de matarlo; ¿un herido de bala?: tal vez prefiera ya no volver a ese bar, ni tomar esa copa, ni mirar esos ojos, puede que ya no quiera volver a ser esposado al marco de su cama, ni oírla cantar llorando (¿llorar cantando?), ni quiera discurrir sobre cómo es que la discusión sobre la percepción y la realidad lleva a esta persona al llanto desconsolado, a tal llanto que ya no se cura con nada más que con secuestrar hombres ridículos que puedan entender la conversación, pero que nunca la entenderán.

Desvarío y me desvío (viejo método heurístico), pero para ilustrar (¿rememorar?) algunos detalles que puedan ilustrar mi ronda de pensamientos. Cada quien y cada cual deben a la humanidad el recuento adecuado de lo que han aprendido para sobrevivir. Mi parte de este proyecto de supervivencia solidaria debe dedicarse a aquellas. No son innombrables, solo temo que las simples repeticiones desencadenen malentendidos. Quiero contar esto que sé y sabiendo que hay mejores modos, legar también aquello que me permitió salir con vida tantas veces ante el encuentro de lo sorprendente.

No me declaro inocente: fui a la selva, fui al desierto, escalé mil montañas para encontrarlas y hasta ver tantas como pude. Esto no significa nada más que en muchas cafeterías, cafés, tiendas, buses (algún avión, cosa que no recomiendo), ascensores, cines y eventos públicos tuve la disposición de ir a su encuentro, buscar su respuesta, propiciar su estadía y luego temer por mi vida. No me llamaría héroe, ni experto, al menos no en el sentido que un filólogo, un estudioso de sistemática o un feliz cosmólogo que cataloga estrellas. Diría que soy uno de esos exploradores del imperio británico que tuvo tiempo, fuerza y suerte para luego sentarse en un escritorio a contar cómo tentó al destino y cuántas imprudencias cometió, qué horribles ideas lo guiaban y qué horroroso legado dejó sembrado aquí y allá.  Mi cuerpo aprendió a sentirlas, a intuirlas, incluso en la forma embrionaria que se esconde detrás de cada pestañeo, y ese aprendizaje las convirtió en un alergeno para mi misoginia. No es hora de recapitulaciones, que vienen amarradas a la sola mención de la reincidencia, lo crítico es lo invariable: la locura que sufren las viejas locas.

No sorprendo a nadie diciendo que las viejas locas son un tipo específico de "mujeres" que se da silvestre en todos los tipos de clasificación que pudiera imponérsele al inútil sustantivo "mujer". Las viejas locas se dan entre las pauperizadas y las opulentas, entre las que van a estudiar medicina y las que quieren redefinir las bellas artes, las hay entre las que acampan con un traje de neopreno en sus morrales, las que acampan con una provisión de alucinógenos para compartir, entre las que no acampan y solo van a resorts y las que no viajan, las hay maquilladas por profesionales y de cara lavada, en una expresión terrible e invasiva, ya que bordeo el deliciosamente peligroso y perverso tema de las "mujeres".

Insisto, mujer, mujeres son sustantivos descargados de cualquier sentido. Porque la realidad es múltiple, fragmentada, cambiante y pululante de variedades, modalidades, gracias y desgracias. Claro, en estricto sentido, el lenguaje en general es un absurdo, pero dentro de ese absurdo que espero se mantenga, de tan eficiente que es para hacer que las mentes funcionen, los ojos vean y las gentes entiendan, hay conceptos que abarcan tal cantidad de elementos que en últimas no sirven para nada. Árbol, se me ocurre un buen ejemplo. No solo el abedul, el ciprés, la acacia y el sietecueros me aportan ejemplos generales de abarcamiento vacuo, que no tengo que mencionar que el árbol que clava sus raíces en mi viejo amigo canino muerto no es el mismo árbol que el jardín botánico clasifica en la misma especie. Así, las mujeres son cada una de ellas, ella; y en su infinita multiplicidad de multiplicidades no cabe nada que pueda predicarse del sustantivo (y trato cortés, por si hubiera dudas) mujer más allá de generalidades como que existe y (en las bellas tautologías que aman la posmodernidad y los posmodernos) es lo que es. En la más estricta ontología posmoderna solo una mujer podría predicarse a sí misma alguna cualidad, o nos encontraríamos ante un ejercicio de violencia metodológica al imponer categorías abstractas a partir de lecturas externas e incomprensiones históricas. De ello solo resultaría una narrativa parcial y ficticia, es decir, que solo existe para quién la enuncia, de lo que se crea. 

Ahora, en esta narración ficticia que es mi vida y mi opinión, existe categoría abstracta que reúne inconciliables diferencias, que llamo 'mujeres', categoría absurda en sí no puede guardar unas similitudes básicas, y para esta categoría existe una taxa, un subconjunto, un segmento, una forma que se repite con coherente confiabilidad: la vieja loca. En independencia total con las mujeres (ya suena chistoso) reales que han pasado por mi vida (tragicómica) real, que están todas en sus cabales y actúan según los máximos estándares que en sus vidas se cruzaran, no solo ante la lógica, sino ante la pragmática y la gramática, las viejas locas han abundado en mi vida narrada. Por eso debe inventarse el apelativo: No es que uno oiga frecuentemente por la calle expresiones que refieran a conjuntos vacíos ('desgentes', 'antilluvia', etc.), y es notable que el lenguaje trae sus pesos, así que cuando se habla de un hombre o los hombres (aquí no hay problema, todos somos uno, yo soy todos, somos legión), se habla de un hombre estúpido o de los estúpidos hombres. Todo esto para enfatizar, que es una ficción la existencia e incidencia de las viejas locas. Es un acto abstracto de clasificación, como dividir los conjuntos en los que tienen elementos que son conjuntos y los que elementos que no lo son. -Intento un comentario gracioso aquí, pero dudo que sea decodificado.

Aclarando este ejercicio, ya no de ficción sino de fantasía, esta loa a los unicornios, las viejas locas inexistentes son terribles. Te pueden enamorar mientras recibes la muerte de sus manos, las oyes describir lujuriosos deseos carnales mientras le sostienen la cartera a la abuela encantadora que busca un dulce para la niña que no entiende qué es eso de regarse en un convento, las encuentras mirándote con odio cuando justo tus ojos pasan por ella que está en proceso de regañarse por creer, por ser tan bruta, por siempre caer en los mismos errores, la vez llorando en tus brazos por ese evento que días después no podrás reconstruir en su futilidad para explicar al juez que no te cree, la madre que se conduele, el amigo que quisiera no reírse de tu historia o ti mismo en la soledad oscura en la que te escondes de aquella cercana y temible vieja loca que te has encontrado.

El color, la forma, la duración son cosas que no me ayudan a explicar la locura de las viejas locas. Los ejemplos solo me duelen por la ausencia, así que no vendrán. La analogía nunca es clara, siempre ambigüa, cambiante, dependiente de sus contextos, imposible de asir si no se la presenta en el modo y la inclinación adecuada; son los malditos símbolos que nunca son lo que son sino son algo más, pero ese algo más está en lo que sí son; son las palabras de lo que entiendes que eres incapaz de entender; son las risas que vienen de lo trágico, las lágrimas escondidas en el patetismo de lo más feliz; nunca las analogías podrían decir nada de estas viejas locas en sus mutantes misterios indescifrables.

Como amante de lo obvio y la repetición, así también de la repetición de lo obvio, para mí las viejas locas son símbolos de sí mismas... o sería mejor decir "para mí son como símbolos de sí mismas", y así agregar los niveles de volatilidad necesarios. Muchas incertidumbres. La incertidumbre del "como" que anula el acto definitorio y lo convierte en la burla del titubeo del habla cotidiana y la del yo que soy yo que enmarca esa pésima definición que no dice nada, como yo mismo nunca lo hago. 

Luego, una cuestión central ¿no es todo el mundo un símbolo de sí mismo? Tal vez seamos (tú que lees y yo que escribo) solo índices de nosotros mismos, o eso espero.

La realidad polvorienta me ha mostrado con violenta objetividad que las gentes no siempre llegan a ser signos de sí mismas, pues solo viven sin ser otra cosa que lo que son. Un drama horrendo, sí, pero de órdenes biológicas y ctónicas: así como la roca roquea, estas gentes gentean y ya. Quienes logran hacerse un signo del cual ser el objeto, en una proporción mundialista, paulista, juniorista, hooliganista, fanatista, culinarista, televidente, bailarina de costumbre no de alma, bebedora de agua sin gracia, generadora de sombras sosas, son todos ellos íconos de una mismo cosa que está en todas partes. Algunos más llegan a dudar de sí y son (somos, espero) los índices de eso otro que somos -de ahí la duda, el frío, la muerte, la caída. Ellas, a quienes les dedico este tributo, hacen parte de la última corteza del mundo de la gente, con otras mentes atormentadas o iluminadas que son símbolos de sí mismas.

2014/09/08

Derrotado

Estoy  harto de siempre perder. No hay otra cosa que mi derrota, regada en las sombras que dejo.

Pierdo de entrada. Ya solo me encojo de hombros. Dejo que pasen sobre mí. Cierro los ojos como la liebre cuando llega el colmillo del lobo. Aguanto lo que venga, bajo la cara, me humillo por anticipado.

Voy un paso atrás, siguiendo, sumiso. Sé que viene el golpe. El periódico enrrollado contra mi hocico. Me señalan el rincón. Voy encogiendo el rabo. Cruzo otro humbral. Veo el dedo. Temo. Viene por mí. Se acerca. No recuerdo cómo le ofendí. Existo, con eso hay. He hablado.

Explota por oírme. Comprensible. Quiere mi sangre. Me hinco. Ni siquiera soy digno de su ira. No se envilecera, preferirá amanzar su ira y redoblar su desprecio.

Si tan solo la muerte...

2013/07/28

Sueño de una noche de invierno ruso

Está oscuro. La luz de la pantalla arma solo los bordes de las figuras. Viste de negro. No la ves. Allí hay una mano y cuando la toco oigo el crujido eléctrico de mis deseos saltando a esa piel de ángel. La gente habla, inglés con acento británico, peroratas en ruso, incluso uno por teléfono. Y ella no habla. 

No se mueve.

Viene nieve implacable. Rusia invernal se presenta. La intuición se hace material: se ven los labios inmóviles. Un instinto carnívoro ve rojo nada más. Inicia un acecho feroz e inconcluso. La escena blanca muere, y queda una sombra que ni siquiera late con la respiración.

Supongo que respira.

Tiene cinco dedos. Tiene un dorso y una palma esa mano. Cuelga de una muñeca. La muñeca está soldada a un brazo. El brazo se hunde en la negrura del teatro.

Más allá, un continente inamovible. De este lado, yo.

Ella inmóvil, impertérrita, inaccesible, inaudible, inasible, ausente casi de este mundo. Volcada a la pantalla, sus movimientos y sus ficciones. Viendo las cosas de la gente desde su dimensión ajena.

Acá, una Karenina. Vibrante, perdida por los acosos de sus emociones. Esa falacia de lo que hacen, dicen o sienten las mujeres. Esa y todas falacias. Lo femenino, por más que queramos algo distinto y por más que caigamos en el vano intento de cambiarlo, es otro universo.

El filme acaba. Ella sonríe, convierte esa boca en el sueño de cualquier ser que desee. Forma y función. Rojos labios, carnosos, abundantes, dos mares de labios ondeantes. Bebe un café aromático y habla de los tapices, del ritmo de la trama, del respeto al canon y la novedosa transformación de la trama, de lo que hacían las novelas en aquellos días, de Rusia y la pluma que derramó a esas personas, incluso al buen Karenin, al difícil Karenin, al tonto Karenin.

Ha mutado de la estatua helénica a una diva académica, y su transmutación fuerza la adaptación del mundo. Hay una calle ahora, con luces estelares, la noche fresca, las calles solitarias, el asfalto apenas húmedo, y el títere andando junto a ella.

El títere ve un árbol, el árbol más real que ha visto. Tan real como en os tiempos en que descubrió la tridimensionalidad de las ramas que abrazan el cielo, tan tupido de detalles, tan históricamente elaborado, con tantas marcas del tiempo indicando su presencia y sus batallas contra este mundo de la realidad material.

De la nada, viene la historia fantástica de la presencia anterior de ella sobre estos pasajes. Cruzaba de la mano de una abuela, doble mamá, doble dulzura, doble sabiduría, el camino al jardín. Y el árbol en aquellos días tenía una puerta, y era la casa de los seres de un mundo fantástico.

El camino cortés termina. Está la puerta y su vida después de ella. 

Aquí estoy yo y ella allende.

Contra Virginia, insultos machistas

Qué tranquilidad la que viene de saber que nadie te lee. Poder dedicarte como en el más secreto diario a escribir las cosas que no le importan a nadie con el refinamiento que nadie necesita, dedicando el rigor rococó a los asuntos que a mí se me dé la soberana gana.

Escribir, además, los errores que me gusta apreciar, en cosas como el desvarío por la vida y el amor decimonónica. Diría ayer, y no importa: un día fui invitado a abandonar los modos (y cito) de hombre victoriano. Me fue sugerido no abrir puertas ni dar paso a las mujeres, no guardar el atento cuidado, dejar las pendejadas de ese tipo; incluso, dado que ya entendí el asunto, desechar la palabra mujer, puesto que no indica nada que uno debiera enunciar, que uno pudiese llegar a tener la autoridad de usar, un nombre sacrosanto solo pronunciable por las sacerdotisas del culto de la mujeridad y aquellas indiscernibles entidades que puedan, quieran, lleguen a denominarse con la sacrosanta prohibida palabra.
Ante ello, el prometido error. Pensaba, defendiendo el imposible, que habría un grado de rescatable solemnidad, un respeto posible por el tratamiento diferencial, cuando ello es indefendible y mal visto, y en función de ese rescate del hundimiento mortal imaginaba que en algún grafiti digital iba a dejar constancia de un repelente y esperpéntico desquite verbal que iba así:

"Sí, lo reconozco, soy un tipo victoriano. Por ello quiero a una mujer victoriana: a Virginia Woolf."

Listaré los errores, para diversión de las futuras generaciones de filólogos, o solo para que la frase "Listaré los errores" permita que la clasificación automática que realicen los robots de la CIA sea adecuada. Además del uso del término prohibido, error obvio que me llevará a las hogueras posmodernas en tanto que no creo tener la voluntad para evitarlo y las contundentes tendencias suicidas que me marcan; además del uso aquel, decía, malditas frases intermedias, miles de paréntesis (y este frecuente recurso de despotricar abiertamente del recurso usado), usé el apellido de casada de Virginia. ¡Dígame nomás! Qué atrevimiento tan horroroso, tan denigrante, tan infame, tan desagradable y tan vergonzoso.

No marco las admiraciones porque no me salen. Hablo (redacto) con un tono neutro casi frío. La verdad, me confieso culpable del crimen de pasadismo. Hablando de prejuicios históricos, soy un tipo errado de siglo, venido de uno pasado: ya no crimen sino pecado mortal ante el futurismo del presentismo presente.

El último error para marcar en el abandonado epitafio de mi dizque heteronormatividad, ataca ese glorioso principio- deseo del futurismo del presentismo presente. Digo que Virgina era victoriana, pero como ella es de las buenas, no puede atribuírsele un adjetivo tan pauperizante a la gran Virginia. Ella era (¿es?) una mente de su futuro, incluso de nuestro futuro. Es una persona presente, cotidiana, pero más allá de sus días y de los nuestros. No puede decirse que ella fuera victoriana, entre otras, porque deconstruía y reconstruía la sociedad (pasada) que tuvo la extraña suerte (afortunada para Keynes, Russell y definitivamente para Woolf, el esposo, obviamente; mientras que desarfortunada para Virginia y nosotras y nosotros) de ser su partera. 

Hay quienes dicen que Woolf fue  negligente. El esposo, claro está. Que la hubiera podido mantener viva otra novela, un par de ensayos más, alguna obra de no ficción más. No creo que alguno imagine posible que le hubiera logrado curar su bipolaridad, ya porque no crean en la letra menuda de la psicopatología, ya porque era el tipo ese parte de la enfermedad de Virginia.

De forma similar, no creo que alguien pudiera tener tan escasa inteligencia para creer que a mí se me curara la victorianidad de un momento a otro (de aquellas bellas épocas al ahora). Máxime si me declaro enamorado de Virginia, aunque la nomine Woolf.

Qué triste que esta augusta confesión (tan cercana al triste agosto) se agoste por su silencioso pronunciamiento. Qué triste (así, sin admiraciones) este abandono a la posibilidad del cambio. Qué triste hundirse con la nave.

Aunque el hondo mar que devora todas las tristezas sea el destino máximo de toda criatura de sal que rueda el mundo. La tumba última, el fondo del que no se baja más.

2013/04/14

Romanticón caduco

Uno despierta un día con antojo extraño, digamos, de oír cantar a Amaia Montero. El mundo conspira y mientras hace oficios domésticos, una vecina profesa cantando una "Dulce locura", ese drama de historia de amor sin cierre, de cierta confesión de error imperdonable y de la partida de un alguien incomparable a los otros... a todos los demás...

Resulta extraño traer bajo la piel ese espíritu romanticón tan barroco, tan caduco, y no sentirse perdido en este mundo cotidiano. La voz ronca y bizarra de Amaia, en solitario y con la parranda de nerds españoles que cuentan la historia de la oreja de Vincent, hace un poco de daño. Es un medio adecuado (atípico, indefinible, difuso) para transmitir esas fantasías posibles de la gente que se enamora. (Aunque se canta principalmente sobre la gente que se muere de amor, de desamor, de amores distantes o mal recibidos). Es una voz sonriente, casi feliz ante la imposibilidad e el destino incompleto de las relaciones. Casi suicida, emocionada por entregarlo todo ante apuestas más bien flojas sobre cómo la gente lleva a otros en el corazón.

El día avanza, hay caminatas con perros almuerzos con cargas enormes de grasas y carnes: deliciosos. El sopor de la tarde viene contento, llega con una cerveza refrigerada al punto adecuado. Y predeciblemente pero no sin cierta molestia, recibo otra vez a Amaia. Quiero estar a su lado, quiero querarla o morir. Claro: plagio. Ella lo dice sobre una imagen indefinida a la cual es reunida en un día magnífico. Ella se desvive en mil variaciones de su forma de celebrar el encuentro con alguien del que no sabemos nada más que su presunta existencia y casi confirmada llegada.

Uno se contagia, se ablanda el escepticismo, y se dice complacientemente: si le canta así, ha de ser un gran tipo. Claro, esto es un salto de fe basado en un reporte muy indirecto. Muy malagente, imagino que ella podría ser una acosadora. Pero esa voz arequiposa me convence en creer que una acosadora así haría bien en la vida.

¿Quién querría un monumento en mármol de quince o veinte metros, un premio Pulitzer o una Orden de Boyacá, en vez de una Amaia enamorada y perseguidora como recompensa a una vida bien llevada?

Tal vez el virus romántico me ataca de nuevo (¡jah!, dizque 'tal vez': ¡seguramente!), porque reconozco la melaza en la anterior pregunta. Explican los microbiólogos, los inmunólogos y yo, que lo supuse antes de leerlo en una nota científica de periódico de domingo, que los virus no abandonan el sistema en el que han habitado, solo que entre el huésped y el visitante se crea un arreglo para que el último no se tome -a menos que el primero dé papaya- el poder nuevamente. Es decir, se puede vivir muchas veces la misma gripa.

Este herpes romántico está lanzando nuevos brotes en mí estas horas dominicales. No al punto de nuevas baladas y definitivamente no al punto de gestas imposibles. Pero se siente ese golpe raro en los cachetes que fuerza una risita estúpida, como si algo en el mundo andase bien.

Como si una mujer pasajera aclarara luego de ingentes halagos que 'el himno que escribo es sincero' y uno pudiera creerle. Si ella (imposible de entrada) estuviera acaso dispuesta a creer que 'me iba a morir de amor al verte sentado en mi portal'. Como si creer semejante idiotez, no la desclasificara por psicótica, obsesiva y neurótica. Como si eso no fuese un error de entrada.

Hay gente que conoce a la pareja de su vida en un bailadero, tal vez sonando algo tan intrascendente, en otras dimensiones, como Calvin Harris o Rihanna. O Lady Gaga. Incluso los debe haber cuyos corazones son adecuadamente expresados por estos seres u otros, como Otto Serge, Jorge Oñate, Moderato o Panda. Bueno, o Moby, o Sting: sí, también pueden ser estos u otros, porque no que estoy apuntalado los corazones a canciones espantosas. ¿Por qué no creer que la filosofía acumulada (¿escondida? ¿atribuible?) en la obra musical de Iron Maiden o de Calle 13 es un requisito para un vínculo erótico- afectivo entre dos almas? (Nótese: Almas. Esto es ya un indicio de perversión del pensamiento. Claro que el amor como  ente infeccioso es un tema romántico clásico. ¡Qué bodrio! Aclaro que si fuese entre almas, lo erótico sería mucho más aburrido).

Bajo esta multiplicidad de gustos y disgustos musicales, podría esconderme y no defender en particular a la señorita Montero. No tendría que explicar que busqué infructuosamente una supuesta versión de 'Nothing compares 2 U', ni que esta pieza es imposible pero que sería una joya porque con ese tema los nerds antedichos decidieron que era ella y su voz anormal la que debería acompañar sus cursis ensayos musicales. Ni que me saca sonrisas su sonrisa, ni que me gustan sus faldas y sus carnes entrevistas.

Hay algo allí, no lo niego, pero pienso dejarlo enunciado hasta ese punto. Lo que sí quiero contar es que encuentro en ella una imposibilidad existencial crítica. Ya habiéndote burlado, por el hecho que hayas pasado los ojos y la mente por semejante término tan escabroso, lo importante por decir es que su existencia es imposible de modos críticos. Por un lado, los años y el márketing la han hecho cada vez más cercana a su arquetipo físico, borrando lo que ella tenía de accidente. Sí, me puse pesado. Creo, para salir de esto rápido, que lo que hace a la gente gente es la acumulación de historia, los desperfectos, las cicatrices, las arrugas, los cuentos de historias maltrechas. En ella, sus brazos gorditos, sus cachetes. Aquella mujer de belleza local que uno podría fácilmente poner en una taberna en algún lugar de España bebiendo cerveza, o en Quiebracanto de vacaciones taconeando salsas con la misma cerveza, es ahora una sombra a lo barbie de sí misma.

El mercado lanza nuevas voces y ella ha creado una categoría. Primus inter pares, podría decirse. Un grano de arena en esta playa de mi vida (para seguir con las referencias mal escondidas). Su unicidad se desvanece, a la vez que se convierte en un estándar. (Otro ataque romántico: lo único e inefable de un "alma" [¡qué horror, mea culpa!] y por tanto la pérdida infinita cuando la única y especial alma se desvanece).

Claro, es el paréntesis el problema real, no las farsas dichas a todo volumen. Que más linda, que repetida y copiada, y en ambas un dolor existencial. Bullshit, mierda o (en una expresión caribeña) "ya vino a hablar". La imposibilidad es que esa pose, esa persona (imagínate que aquí está escrito persona en griego antiguo y se hace una referencia a lo que eso significa), ese personaje que reflejan las canciones romanticonas llenas de 'rasgar vestidos', 'muertes' simbólicas y poéticas todas, de lágrimas, dolores y cosas enterradas, de princesas, de dementes, de fenómenos atmosféricos con cargas emotivas, de renuncias, abrazos, despedidas, confesiones, etcétera, no existe.

No en este universo cultural, no en ese. Es una condensación, un compuesto, un concentrado. Un bebedizo, si se quiere. De eso ya no hay. Posiblemente la sobredosis de ridiculez de las producciones televisivas y fílmicas en contraposición y cooperación con la sobredosis de realidad de las historias vivenciales del amor hacen impensable e inviable un ser que se defina así.

Sí, inviable. Como lo sería un mamífero sin corazón. (Siempre quiero un oxímoron, pero resulto con cosas confusas como estas.)

Bueno, y si tal cosa existiera, y fuera Amaia su ejemplo, no tiene duplicidad. Siguiendo con un hilo biológico, sería la última de su especie (una trama, nuevamente, romántica). Cosa que muchas y muchos (en especial las y los que se sientan aludidas y aludidos con este paréntesis) considerarían una victoria. En otro lado se podría discurrir sobre el dispositivo de dominación que es el romance y el amor romántico. Un par de artículos he encontrado y supongo que miles de títulos se acumulan en bibliotecas físicas y virtuales en todo el universo académico al respecto.

En otro título académico (sí, esto es un rodeo más) consta que en algunas décadas se podrán evitar y tamizar todas las causas congénitas de la sordera; y que los implantes cocleares serán biotecnologías al alcance de todos; ergo, la sordera y los sordos serán una imagen en sepia de un pasado más difícil. Los sordos protestan. Hay en ese modo de vida un carácter especial y unas peculiaridades culturales que no quieren perder. ¿Podría entenderse que una familia de padres aceptara una sordera curable para mantener una magia cultural difícilmente explicable para quienes oímos?

Podría ser que se mantengan esos legajos de tristezas históricas. Como los modales de los restaurantes que emulan cortes corteses. Puede ser que relaciones firmes guarden un poco de dulzura loca. De la dulce locura que se va con el domingo que acaba.

Mañana puede ser que me ataque Nirvana o The Clash. Y todo será mejor.

2013/03/20

Cómplice

Ando buscando un árbol,
en otro tiempo hubiera dicho que el árbol perfecto.
Hoy, más simple que antes,
si eso fuera acaso posible,
pienso que en cada árbol hay una perfección
más allá de lo decible.

Quiero un gentil árbol que esté lejos,
fuera de mis caminos habituales,
que se diga en nombres antiguos y se cubra en hojas nuevas.

Un árbol vivo, estoy buscando.

Y hay en ello un meollo.

Un árbol fuerte, de cierto porte imponente.
Quisiera que sus raíces rompieran una ladera
puesta entre muchas lomas,
en lo alto de mi única cordillera.

Poético, si vale el redoble de lo obvio.

Con una sombra que no diga nada en el atardecer
al paseante frecuente.
Que no diga nada al botánico,
que calle a los ojos de todos.

Invisible, tanto que de cortarse
no sonara.

Un árbol estadístico,
uno entre muchos, como yo,
guardadas las proporciones de dignidad, sabiduría
y majestad.
¿Cómo decirlo? No un árbol solitario,
como yo,
uno que navegue el viento con muchos de los suyos.
y muchos de los otros seres.

Lo busco para dormir meciendo suave
de sus ramas.

Que me deje encontrar la noche única
sin los achaques que trae el mezclarse con agentes
de ajenidad.

Sin palabras, sin silencios.

El amor

Yo recomiendo el amor, para que mueras por él cada instante. Ama a diestra y siniestra, ama con ardor, con pasión, con todo el ardor del v...