2013/07/28

Contra Virginia, insultos machistas

Qué tranquilidad la que viene de saber que nadie te lee. Poder dedicarte como en el más secreto diario a escribir las cosas que no le importan a nadie con el refinamiento que nadie necesita, dedicando el rigor rococó a los asuntos que a mí se me dé la soberana gana.

Escribir, además, los errores que me gusta apreciar, en cosas como el desvarío por la vida y el amor decimonónica. Diría ayer, y no importa: un día fui invitado a abandonar los modos (y cito) de hombre victoriano. Me fue sugerido no abrir puertas ni dar paso a las mujeres, no guardar el atento cuidado, dejar las pendejadas de ese tipo; incluso, dado que ya entendí el asunto, desechar la palabra mujer, puesto que no indica nada que uno debiera enunciar, que uno pudiese llegar a tener la autoridad de usar, un nombre sacrosanto solo pronunciable por las sacerdotisas del culto de la mujeridad y aquellas indiscernibles entidades que puedan, quieran, lleguen a denominarse con la sacrosanta prohibida palabra.
Ante ello, el prometido error. Pensaba, defendiendo el imposible, que habría un grado de rescatable solemnidad, un respeto posible por el tratamiento diferencial, cuando ello es indefendible y mal visto, y en función de ese rescate del hundimiento mortal imaginaba que en algún grafiti digital iba a dejar constancia de un repelente y esperpéntico desquite verbal que iba así:

"Sí, lo reconozco, soy un tipo victoriano. Por ello quiero a una mujer victoriana: a Virginia Woolf."

Listaré los errores, para diversión de las futuras generaciones de filólogos, o solo para que la frase "Listaré los errores" permita que la clasificación automática que realicen los robots de la CIA sea adecuada. Además del uso del término prohibido, error obvio que me llevará a las hogueras posmodernas en tanto que no creo tener la voluntad para evitarlo y las contundentes tendencias suicidas que me marcan; además del uso aquel, decía, malditas frases intermedias, miles de paréntesis (y este frecuente recurso de despotricar abiertamente del recurso usado), usé el apellido de casada de Virginia. ¡Dígame nomás! Qué atrevimiento tan horroroso, tan denigrante, tan infame, tan desagradable y tan vergonzoso.

No marco las admiraciones porque no me salen. Hablo (redacto) con un tono neutro casi frío. La verdad, me confieso culpable del crimen de pasadismo. Hablando de prejuicios históricos, soy un tipo errado de siglo, venido de uno pasado: ya no crimen sino pecado mortal ante el futurismo del presentismo presente.

El último error para marcar en el abandonado epitafio de mi dizque heteronormatividad, ataca ese glorioso principio- deseo del futurismo del presentismo presente. Digo que Virgina era victoriana, pero como ella es de las buenas, no puede atribuírsele un adjetivo tan pauperizante a la gran Virginia. Ella era (¿es?) una mente de su futuro, incluso de nuestro futuro. Es una persona presente, cotidiana, pero más allá de sus días y de los nuestros. No puede decirse que ella fuera victoriana, entre otras, porque deconstruía y reconstruía la sociedad (pasada) que tuvo la extraña suerte (afortunada para Keynes, Russell y definitivamente para Woolf, el esposo, obviamente; mientras que desarfortunada para Virginia y nosotras y nosotros) de ser su partera. 

Hay quienes dicen que Woolf fue  negligente. El esposo, claro está. Que la hubiera podido mantener viva otra novela, un par de ensayos más, alguna obra de no ficción más. No creo que alguno imagine posible que le hubiera logrado curar su bipolaridad, ya porque no crean en la letra menuda de la psicopatología, ya porque era el tipo ese parte de la enfermedad de Virginia.

De forma similar, no creo que alguien pudiera tener tan escasa inteligencia para creer que a mí se me curara la victorianidad de un momento a otro (de aquellas bellas épocas al ahora). Máxime si me declaro enamorado de Virginia, aunque la nomine Woolf.

Qué triste que esta augusta confesión (tan cercana al triste agosto) se agoste por su silencioso pronunciamiento. Qué triste (así, sin admiraciones) este abandono a la posibilidad del cambio. Qué triste hundirse con la nave.

Aunque el hondo mar que devora todas las tristezas sea el destino máximo de toda criatura de sal que rueda el mundo. La tumba última, el fondo del que no se baja más.

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