Algunos compartirán esta mitología. Como todas trae su propia estructura. La vieja loca es uno de los seres esenciales del universo, fruto de un amor tormentoso entre los dioses del caos y la luz, dada a luz en los bosques y enviada por demonios a crecer en grutas. Bien puede ser la hija de los demiurgos del orden, hija de la prana y el dharma, si se lo quiere. O es la hija predilecta de un linaje de seres humanos dedicados a la bonhombría por los últimos milenios, que ha nacido como mujer y la vida la ha llevado a encontrar cada uno de los aburrimientos y premios cotidianos; niña, adolescente o mujer adulta que un día plano entre dos felices celebraciones, con el sol de un día claro y olor de flores, en medio de labores que no son más sorprendentes o extraordinarias que las del día anterior, tal vez después de una merienda, vuelve a ser dada a luz por el universo a través de un grito enorme, imparable, de bestial primordial, el grito que el cielo daría si le fuera concedida la voz, un grito que ella está lanzando de repente, de la nada y de la forma más inesperada. Es irrelevante si el grito viene del pedernal que bordea con los mares de magma, de la sala de espera del odontólogo, del baño escolar ( ... tanto qué decir... ), de una multitud bailante en un bar o un concierto, de la habitación materna, de ese tercer tercio de la altura de una antena repetidora en un valle perdido o del jardín selecto de Zeus, este grito marcará la vida de la dichosa vieja loca. Será su hito de nacimiento. Si hubiera de cambiar el nombre, ante los Estados, Gaia, Vishnu o la Pacha Mama, lo cambiará en función de esta declaratoria de diferencia frente al universo.
Quienes comparten el mito, saben que es un camino yerto averiguar que a causado el grito. Algunas lluvias hacen que las crisálidas se abran, otras que los escarabajos salgan de la tierra, un tiempo arbitrario marca algunas migraciones, son los movimientos de objetos celestes los que hacen marejadas, una tensión insoportable trae los terremotos y a veces la brisa trae la sonrisa. El grito llega por caminos curvilíneos y asombrosos, historias en sí mismos, pero atado a una determinación difícil de ubicar.
Luego de este, la mayor parte de los idiotas que la rodean creerán que la metamorfosis ha terminado. Error brutal. Torpe. Si a alguno sirviera de aviso, si estuviera uno cualquiera (u otro cualquiera) cercano al grito de la revelación, debería saber para salvar su vida que no está terminando ningún cambio interno. No. La vida de este ser que ha nacido, insisto e insistiré, de esta nueva persona que se presenta, no va a tener atadura lógica o histórica con la mujer que fue antes, pero (y aún más importante) no ha terminado de presentar un exterior reconocible y con el que se puedan establecer un contacto seguro. Esta es una nueva amiga, enemiga, vecina, hija, ¡lo que sea!, que cruza por una fase inestable, explosiva, mortal. El peligro que implica no depende de lo que fue, sino de lo que está por comenzar. No es la hija loca, estas son otras; no es la vecina loca, estas se las distingue; es una vieja, una vieja loca.
Despojarse de cada una de las capas que engañosamente la unen con ese otro ser que nunca fue o que de modo misterioso tuvo posesión de su cuerpo, tardará algunos breves y fuertes espasmos sociales que retumbarán por toda la ciudad. Se la mencionará en los periódicos o en las reuniones familiares siempre con tono de preocupación parental, con un dejo de cuidado ingenuo.
Con simpleza, podemos buscar un tatuaje (esos fantásticos símbolos del todo y la nada), o un tinte de pelo (al rojo, al verde, al azul, al cian, al blanco, o al negro o el castaño o el rubio si esto fuera contrastante), un libro en particular (ese libro, ese maldito libro, esa puerta al infierno que se condensa en ese maldito libro) (fuere cual fuere el susodicho libro), la fijación por los libros (¡la maldita perdición de los libros!), la huella de la música o sus dimensiones (náyade tentadora, energía que demuele) o la afiliación a una moda notoria y electrizante. Hay algo de esto, pero no tendrá sentido fijar marcadores en la niebla. A la locura no se la define con una malla para ganado. La metamorfosis puede tener todas las caras del cambio.
Esta parte de la historia se cuenta como la destrucción de los mundos. Habrá quienes sobrevivan para contar una historia incompleta. Dirán que vieron explosiones, que hubo insultos, llantos de estos, de aquellas y de ella, que en el atardecer partió. Que su destino fue proclamado con ensordecedores gritos o con el más cortante silencio. O que solo se sabe que abrió la puerta y la azotó al salir.
Aquellos que se dieron por sus seres queridos, aprenderán a vivir con la idea de que algo les ha sido robado, y que les han entregado esta vieja loca como el gato por la liebre.
Algo han perdido, pero pueden saberse afortunados y ver nuevos días.
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