2013/03/20

Cómplice

Ando buscando un árbol,
en otro tiempo hubiera dicho que el árbol perfecto.
Hoy, más simple que antes,
si eso fuera acaso posible,
pienso que en cada árbol hay una perfección
más allá de lo decible.

Quiero un gentil árbol que esté lejos,
fuera de mis caminos habituales,
que se diga en nombres antiguos y se cubra en hojas nuevas.

Un árbol vivo, estoy buscando.

Y hay en ello un meollo.

Un árbol fuerte, de cierto porte imponente.
Quisiera que sus raíces rompieran una ladera
puesta entre muchas lomas,
en lo alto de mi única cordillera.

Poético, si vale el redoble de lo obvio.

Con una sombra que no diga nada en el atardecer
al paseante frecuente.
Que no diga nada al botánico,
que calle a los ojos de todos.

Invisible, tanto que de cortarse
no sonara.

Un árbol estadístico,
uno entre muchos, como yo,
guardadas las proporciones de dignidad, sabiduría
y majestad.
¿Cómo decirlo? No un árbol solitario,
como yo,
uno que navegue el viento con muchos de los suyos.
y muchos de los otros seres.

Lo busco para dormir meciendo suave
de sus ramas.

Que me deje encontrar la noche única
sin los achaques que trae el mezclarse con agentes
de ajenidad.

Sin palabras, sin silencios.

2013/02/17

Vivir con muerte

No es que yo la invente, la atraiga o la venere, la idea de la muerte se me presenta multifacética y variable, como un caleidoscopio nefasto. Creo engañar bien al mundo sobre su constante presencia en mi mente. Resulta insulso aclarar que la muerte está presente siempre en el mundo, que la vida, como concepto, la requiere y que siempre pende sobre los seres que viven. Para ser preciso, se está acercando. Inevitable.

Muchas variaciones de esa certeza, decía, cruzan mi mente. Un día afortunado, caminando bajo el cielo perfecto, con nubes algodonadas como las del país de Jorge Isaacs, con brisa leve y el olor de las plantas sonriendo apareció otra vez: Imaginé que sería genial que un rayo me quemara y evaporara. La norma cultural dicta que me habría de partir, pero la lírica popular tiene que limitarse a la verosimilitud, y un rayo no parte, lo que hace es parte de su belleza. Esa cantidad contada e ingente de energía cocinando las carnes y las vísceras, quemando el cerebro y cada nervio, en un instante mínimo. Y lo mejor: ocurriría en un día en que todo parecía ir genial. Con un trabajo decente, sin mayores deudas, habiendo salido airoso de tristes reuniones, habiendo visto a algunos y hablado con otros amigos, pero de forma incompleta, sujeta siempre a la incompletud de la vida.

La imagen habitual, sin tanta historia ni consideración, es verme colgando de una viga saliente de un edificio lóbrego, una tarde de nubes con el sol en contra. Quieto. Ni siquiera mecido por el viento. 

La segunda imagen recurre con mayor frecuencia. Tiene un resorte simple, que la lanza al aire al menor esfuerzo.

En otros días, esperaba una muerte venida del accidente imposible, uno de buena fe e imposible de atribuir como culpa individual. Repentino, inmenso, imposible de superarse. Con sangre, pero sin tiempo. Tal vez el golpe de un tren, lo que hace lamentable la poca difusión de los rieles en el mundo.

De tan común este pensamiento que ha evolucionado a una sensación y a un dispositivo. Como sensación, es fría; como dispositivo, es depredador. Cuando esa sensación ataca por primera vez una idea, duele y congela, como cuando supe que nadie estaría conmigo en ese arreglo amatorio. Ardió, se enfrió, dejó un vacío y una cicatriz. Cuando reincide sobre el mismo punto, solo es frío. Como hoy, al escribir la soledad.

Así la muerte pasa a ser un ingrediente más de la vida. Un ingrediente activo en esta existencia medicada. Que se suministra a sí misma en dosis soportables y al que no se genera resistencia nunca.

Solo la intriga, el temor, la tristeza de cuándo, cómo y dónde la dosis será fatal.

Derecho a roncar

¿De qué tamaño debe ser una existencia? Lo digo pensando basado en el principio comprobado de que puede contenerse (no en el sentido de frenarse, o bueno, no completamente; sino en el de encapsularse) una existencia completa en una caja de determinado tamaño.

Estas cajas se encuentran en los mercados y supermercados, en las más diversas formas y cualidades; con los más elaborados tapices jurídicos o sociales, con los jardines más ensoñadores y las ventanas a los ideales más puros y trascendentes. Y mi interés no va hacia el crecimiento de estas cajas, me encanta la expansión de las existencias. Sobre todo en formatos legibles que pasen de una generación a la otra: hay cajas que todavía producen cartas en papel y que hasta tienen buzón de verdad, o al menos una ranura de tamaño conveniente en la puerta para alojar los sobres visitantes. Cajas enormes que van de un país a otros muchos y vienen repletas de fotos, camisetas, llaveros y olores de comidas sazonadas con otro sol. Cajas en  modos varios.

La pregunta va en el otro sentido de esta escala de vida. ¿Cuántas micras puede tener una existencia? ¿Es esta una medida adecuada al verdadero yo? Bueno y si el yo no existe (solo lo permiten las gentes en concilio y la mentira de la experiencia única), ¿deben las cajas miniaturizarse hasta el fin de lo subatómico?

Hartazgo de ideas abstractas, no pensar en la caja de una altura de Planck de alto; pensar mejor en las cajas existentes: Quedan cajas salvajes, me cuentan las voces, donde el león ruge en la noche. Otras bohemias que dejan sus puertas y luces encendidas hasta la madrugada, y hasta la madrugada es una falsa presentación, porque las luces y las puertas hacen lo suyo de corrido, independiente de la insolación, de modo que el bon vivant puede traer o sacar vinos de su caja. Y sin arreglo a un propósito o justificación. De estas cajas existenciales, también las hay en variaciones existencialistas, vacuas y levemente hedonistas; las hay queer, con militancias a deseos aún no nombrados; las hay veganas, sanas, limpias, puras, salvíficas; las hay consumistas, conspiracionalistas, neoconservadoras, sionistas, frugales, carníceras... Muchas más características las definen, pero no se habla de su tamaño, ni de su tamaño en lo que a mí me afecta.

En todas ellas falla la descripción del tamaño correspondiente al ronquido. Como si el tirano, el santo, el iluminado, el loco, el perverso, el mártir, el sonso, el nulo no roncaran. Nadie se hace a un lugar en la historia-con-hache-mayúscula por el roncar. Por lo menos no hasta ahora -puede que ese sea mi ingreso a las enciclopedias- y no en los próximos años, según deduzco de la mínima importancia del ronquido en nuestra sociedad y, en tono reivindicatorio, su ocultamiento del discurso oficial.

Cabe en la noche soñadora el roncar. No lo dudo. Dormir es una elección, como lo es el irritarse y el rascarse el zarpullido hasta la gangrena. Morfeo no tiene poder sobre mí, dado que no le oigo cuando decido dormir, que es siempre. En la tarde, luego del almuerzo, mi mente está tan dormida como mi cuerpo inmóvil; la rigidez frente al computador puede dar apariencia mentirosa de laboriosidad, pero no crean. En la noche, la madrugada, la mañana, duermo. En leves y realmente escasos momentos de mi vida he estado despierto, casi que forzado por el temor a la muerte. En todos los demás, como ahora y cuando escribía la única tesis de mi mínima existencia, he estado voluntariamente dormido.

No hago de esto un símbolo, con un gran despertar de revelación y de iluminación. No es esto lo que digo. Digo que estuve en profundo sueño y roncando. Bajo la tormenta, antes y después del temblor, con hambre y con dolor, con fiebres y retorcijones, con loas y con miserias laborales en la maleta, con la maleta puesta, con corbata, jean, botas, y hasta traje de lentejuelas. Dormido y roncante. Roncando ruidosamente, cual bestia salvaje, cual el sonido de una secoia milenaria que se desgaja por siglos, como un insulto condenador del ebrio Odín, como el llamado de algún mamífero marino en océanos gélidos, como si una llama del tamaño de una montaña crepitara y atronara en una garganta de roca, como si el ronquido hiciera el esfuerzo por entregar al mundo algo de mí comparable a todo lo que no hago.

No me enorgullezco de mi roncar. Apenas me explico (nunca excusarme): Soy un hombre a una nariz pegado, a una sinusitis y rinitis pegado, pegado a un tabique enorme y torcido. No es lo mismo que la condición femenina, ni la historia de la diáspora africana, ni la pobreza infame (que la tengo en dosis menores), pero este es mi sino de discriminación.

No hallo lugar para el ejercicio de mi ruidosa fisiología respiratoria. O para ser preciso, para mi sueño durante este traqueteo de mucosidades. No quiero que me despierten en mi roncar. No quiero vecinos interesados en mi salud respiratoria ni atormentados por el ahogo o preocupados la apnea ajena. Quiero un mundo donde mi hipotético hijo pequeño pueda dormir sin importar su ronquido o su moqueadera, sin que importe el volumen ni la ubicación, ni mucho menos el contenido de su carácter.

Pienso entonces que lo propio es hacer como el cangrejo ermitaño y buscar una caja existencial diferente. Esta es pequeña y con pocos tentáculos. Me asalta el deseo por una caja más grande, pero pronto pienso que el asunto no es de tamaño, porque en otras mayores podría ser igualmente ignorado mi derecho roncante. Creo que el asunto va en la línea de la primera pregunta.

De qué tamaño debe ser una existencia, ese es el tema. Uno pensaría que entre más pequeña sea la existencia, si el ronquido se mantiene en su tamaño monumental, en contraste parecerá más grande. Pero no: Un monje budista, cuando duerme en medio del bosque, al lado de ese árbol, cuando duerme y nadie lo oye, ¿ronca? Seguro que sí, pero nadie lo jode. Su existencia es tan sólida y tan abandonada y tan ajustada que puede roncar y nadie le quita el sueño. Otros, como yo tenemos existencias no tan sólidas y más bien desajustadas, lo que nos lleva a que pueden quitarnos el derecho al ronquido. Nos lo quitan con discursos médicos, con golpes en la pared, con displicentes consideraciones sobre nuestra despreciada condición y sobre todo la dolorosa exclusión de la lista de los posibles candidatos para amor de la vida.

2012/12/22

Yo recomiendo la hipocresía

Tiene amplia difusión, hay manuales extensos al respecto y resulta simple fingir una sonrisa perfecta. Se sugiere que el labio superior quede recto y de ser posible que las comisuras se eleven, mientras el labio inferior describe una suave curva que deje ver un tercio de los colmillo y tal vez la totalidad de los incisivos. Para una perfecta ejecución, se puede optar por descender un tanto los párpados e inclinar levemente la cabeza. Los hoyuelos en las mejillas son opcionales. El puñal listo para clavarse en espaldas ajenas es recomendado.

Acéptalo, eres detestable. De hecho, detestado. Y no solo por una persona. Los motivos y las justificaciones son fútiles, lo crucial es el odio creciente, el odio en flor que crece como la hiedra, que se extiende como los desiertos y los basureros. Si la venganza no requiriera tanto tiempo, sería simple encender un fósforo, lanzarlo al mar de odio y dejar que inicie la conflagración última, la guerra final, la del odio cotidiano, la guerra infinita y destructora que llevará (pronto, muy pronto) a la aniquilación de todos. Sin embargo, la venganza aplaza ese fantástico escenario. Es lenta, es de difícil consecución como cualquier placer. Por ello, debo aplazar la muerte final.

Allí viene la hipocresía en defensa de la satisfacción. Como repliegue táctico, la hipocresía mantiene al enemigo, al ser detestado, al ente asqueroso que nos impone su presencia, al idiota de turno, al que sea en la mira, al alcance del próximo ataque; pero lo mantiene también en su lugar: de saberse detestado. La hipocresía verdadera no debe confundirse con una elaborada obra de teatro o una pintura hiperrealista de la amistad. No.

¡No!

Debe mostrar su veneno: el saludo de la risa falsa viene con ojos de asco, con un tono displicente en el saludo seco, con la mueca desabrida, para que todo esto te asegure a ti, al detestable destinatario, mi molestia ante tu existencia y tu despreciable insistencia en continuar tu presencia aquí.

No te confundas (deliciosas palabras de odio), no te confundas. Nada te hace soportable más que el encanto de la hipocresía. El saludo formal deformado incluye una pregunta por tu estado, mi interés no es que contestes, es que repitas el rito compulsivo y sigas tu existencia mórbida alejándote de mí solo lo suficiente. La charla en el pasillo, en el ascensor, en la reunión son la misma que tendría con un helecho o con el chicle de debajo de la suela; es como esa feliz costumbre de prender un radio mal sintonizado para que las vigas de las casas viejas no se sientan solas.

Tu nombre no importa, ni tu vida. Esos datos son irrelevantes en todos, ¿por qué esto sería diferente para ti, este pedazo de mierda que apesta mi vida? Te tengo un nombre, un apodo, un significante. Me río con él, te describe ten precisamente tu horriplilancia y tu desagradable ser. Me río al repetirlo, es un mantra de perdición, me levanta el ánimo con la furia que me generas.

Y me contengo. Sonrío. Hago como que te oigo. Saludo y hasta podré darte regalos o defenderte.

Pero no te confundas, esto no es más que un lapso de espera hasta que pueda cebarme en tu dolor, en el  dolor que tendrás por mi venganza.

2012/06/11

Baliada de un héroe peye

El vuelto se le vino a dañar de parche:
estaba de farolo sin la mala
solo esperando que cayera alguito del billullis
que l'hambre se le arrebrestaba.

Uno sano, jodido y podrío como el tal,
de cuidar la hembra y la cría nacida,
el manes ya no le daba a la pateca ni al chuzo
pa' no traerse mierdas enreveradas.

Pero El De Arriba se las tenía era planilladas,
se le figuró el bissness derecho con cliente papayudo.
El maleto abierto y el man era escapero volador.
Tómatelas que te las tomo y se sopló por el Bronx.

Un fierro se vino a bajar está chimba agonía,
porque el que nace jodido le llueve la culiada.
Y el man en severo plan de juicio, le entra el desespero
porque uno trae las buenas migas si no putea como escupiendo.

"Uy, es que el que mete plomo, lo aploman" y severa rectitud la que traía
como para que se le dañara el craniado con la herramienta.
Nadas, que a lo cinco, el man suelta y deja el fuego,
el durito sabía que con eso no levantaba sino la parca.

"Chimbiado y garra, que's que mi Diosito me facturó,
me ven monta'o y me bajan es que en ascensores,
y el perrín, pailín.
Y el chino tiene que ver al sangre, ¿sizas?"

Pero que creeres ni qué chimbas redondas:
El parce que suelta el fierro y una gonoputa que lo va maniando.
Que no, que la montó de supermanes y se le voló el tun.
Se graduó de comprada de piso del Sena, en tres y en dos.

A lo que lo vi, no me las vine a captar,
porque el que no corre, paga, gonorrea.
Me vine fue abriendo, pero se me figuraba el muñeco,
que ni que lo hubiera cargado de chino.

Y'hora que me la pillo en la tranquila,
al este se lo llevó un gomelo rebajado,
d'esos que soplan y s'espuman que les sale el malandro del bazuco.
A mi ñe no lo iban a dejar sanear, pero el man la sacó honrosa.

2012/04/28

Dos sueños

En el sueño hubo una y luego hubo otra, que era la misma siendo distinta. Nada raro, trampas de la psiquis omnipotente en su terreno más fértil. Se sucedieron, siendo tan opuestas sus causas. Claro, cada una, en sus malabares de sucubo independentista, movió el continente hacia una dirección diferente.


La primera, que no es otra que la misma, pero siendo una que no es, cosas de sueños, dijo sí y luego marchó. La segunda no dijo nada, hizo algunas revoluciones que no debían ser muy notorias hasta el paso de los años, y se dedicó a reparar los daños intensos.


Hubo cabos que se hicieron islas, en tan desleído país. El tiempo era uno y era lineal. Primero la ausente y luego la ausente, puesto que en ello siempre se encuentra motivo para concordar en la triste realidad del que sueña, siempre un solitario soñador.


Acusadas independientemente, en Salems separadas, se les presentó cargo de invasión onírica. Una, la otra que siempre prima, aunque secunda más de lo que prima, admitió sus cargos o más bien, halagada por ellos no encontró crimen en ellos, más bien pidió que se le acusara de concierto para delinquir, o tentativa de ese concierto. Fue entonces la telonera de un concierto criminal que no terminó en darse ni en quitarse.


Más tradicional, la esta (que es la 'otra', por simple lógica), dijo que aquello era un circo loco en el que se presentaba todo hecho al revés puesto que la habían raptado de mejores y más finitos sueños, de satisfactores y más hondos, más húmedos y más carnales sueños, solo para... para nada, puesto que este sueño era un exceso de parafernalia y nada más. Urge compensar a la otra una con algo que la permitiera hallarse en su punto, en su salsa, si fuese calamar, y no en el calamitoso correr de estos confusos amaneceres solitarios.


Queda de todo este expediente, un pronto corolario. Dice el demente Mercutio y ninguno otro lo puede decir mejor "Lovers use to lie". Aquí no queda aclarar cuántos amores mienten, ni cuántos yacen. Puesto que todo amor es mentira y todos hemos de despertar alguna vez.

2012/02/08

De futuros y ríos

A dos cerebros, con Mariana Cascante.

Una cosa fascinante del uni(multi)verso es que el pasado está determinado y el futuro, no. Somos seres de futuro, inéditos, por ello tanto más difícil distinguir la imagen del futuro en el ahora. Los ríos son entes vivos sujetos a su propia dinámica; el yo es un río más confuso. Los planes tropiezan. ¿A qué va todo esto? Ese es el punto: es indecible a dónde va todo esto. En parte porque no sabemos nuestra próxima jugada; en parte por un punto de quiebre muy simple: no sabemos si el objetivo es (como en tetris) llegar tan lejos como se pueda acomodando las piezas de la incertidumbre con un solo derrotero, o como en Risk, Monopoly o ajedrez, armar un escenario que sea el más adecuado para anular la incertidumbre y apoyar nuestro propósito.

Sin embargo, si se quiere conjurar un futuro (por parcial que sea ese futuro) hay que factorizar todos los elementos. Allí el punto fascinante, pues uno puede formular escenarios diferentes hipotéticos que lleven a futuros similarmente promisorios. Pero ¿qué tan distantes? Una gota puede ir por un río al Atlántico y por otro al Pacífico. Del mismo modo, la misma gota puede ir por el Magdalena o el Amazonas y terminar en el Atlántico. La metáfora se agota porque el Atlántico es a la vez el Índico y el Pacífico. Se a-gota, porque (¡el lenguaje y sus trampas sabias), el futuro es amplio, pero llega a ser solo uno, un amplio futuro. De modo que hay una determinación en el futuro y es el tiempo de los seres vivos.

Queda el curso. Queda el cauce del río y sus meandros. Los puntos de quiebre y las cambios en la vida. Viajar, cambiar el trabajo, procurarse el mejor camino. Arriesgarse y nadar.

El amor

Yo recomiendo el amor, para que mueras por él cada instante. Ama a diestra y siniestra, ama con ardor, con pasión, con todo el ardor del v...